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"Sonrisas y lágrimas":
RETRATO DE UNA FEMME FATALE
Por Javier Quevedo

"María: la loca de la colina"

Dijo alguien una vez que el mayor triunfo del diablo es hacer creer que no existe. Una frase que se puede aplicar perfectamente a esa gran figura petarda, favorita de todos, que es la mujer fatal (“femme fatale” para los que gusten de ir de finos), a la que, en efecto, uno no ve venir hasta que ya le ha dejado con el culo al aire. Ejemplos de este arquetipo tan divertido los ha habido a pares: la Lana Turner de “El cartero siempre llama dos veces” y la Jessica Lange de su remake, la Kathleen Turner de “Fuego en el cuerpo” y la Jessica Rabbit de “¿Quién engañó a Roger Idem?”... Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, no necesariamente hay que llamarse ni Jessica ni Turner para convertirse en una mujer fatal con solera. De hecho, sólo hace falta tener muy mala uva, muy pocos escrúpulos y, ante todo, ser una calienta braguetas de primer orden. Que te encante el dinero se da por hecho. Pero aún más importante que todo esto es que no se te note en ningún momento, vamos, que parezcas más cándida y desvalida que Karina.
           

"Usted sabe que a mi no me gusta criticar, madre abadesa, peeeero.."

Curiosamente, sólo ha habido un caso en la Historia en el que la propia femme fatale ha sido tan rematadamente zorra que ha conseguido vampirizar ya no sólo la voluntad de sus víctimas, sino la del propio celuloide e incluso la opinión del respetable (lo de “respetable” es un decir, claro). Me refiero, naturalmente, a la temible freuland Maria. Y es que más de cuarenta años han pasado desde el estreno de esa obra maestra del cine negro que es “Sonrisas y lágrimas” y, hoy por hoy, se la sigue considerando un clásico del cine familiar. Un dato que da perfecta cuenta no sólo del aborregamiento del ser humano como raza, sino sobre todo del triunfo personal alcanzado por el personaje a quien dio vida la amada/odiada Julie Andrews. El presente artículo, pues, pretende estudiar “Sonrisas y lágrimas” bajo una óptica distinta y, sin embargo, mucho más próxima al espíritu del film.     
           

"¡Joder cómo se las gastan los Von Trapp!"

Comenzar comentando que nuestra heroína no es una aspirante a viuda (al menos, aparentemente) ni una chica con afición a los bajos fondos, sino nada más y nada menos que... ¡una monja! Bueno, más que monja es lo que en la peli denominan “postulanta” (que viene a ser algo así como una monja amateur, vamos, una aficionada). El peliculón arranca con casi cinco interminables minutos de vistas aéreas de Salzburgo, un comienzo inquietante y sórdido que, como repitió años después “El resplandor” de Stanley Kubrick, nos crea una sensación de desasosiego, como de esperar que pase lo peor de un momento a otro. Y nuestras sospechas no quedan defraudadas: vemos a Maria, una adulta con el chocho pelado de fregar celdas y refectorios, cantando y bailando sola en la montaña, como si estuviera colocada de polen de Edelweiss. Es una escena que funciona magníficamente para introducirnos en el retorcido mundo interior de María, pues nos muestra de forma bastante gráfica y concisa que algo no funciona bien en su cabeza (Jane Campion hizo algo parecido años después con “El piano”, cuando vemos a Ada tocando el mismísimo en la playa... y es que, como vemos, “Sonrisas y lágrimas” ha creado escuela).
           

"Ana y los... digo, María y los siete"

Pronto descubrimos que María no es querida en el convento más que por la madre superiora, que está claramente enamorada de ella. Las demás monjas son todas una panda de arpías sin escrúpulos (como la protagonista, mismamente), que cuchichean a sus espaldas y se divierten llamándola de todo, incluso “payasa... y si no la llaman “mamarracha” es porque no tienen claro si en su caso es un insulto o un halago. Finalmente, la monja superiora accede a poner a prueba a su particular monja rebelde, sugiriendo que se busque la vida en la ciudad, haciendo de niñera en la familia de un capitán viudo con una trole de siete hijos. Es ésta una escena particularmente desconcertante por dos motivos: por un lado, lo normal sería que la madre superiora pasara total de las otras pelanduscas y tratara de retener a María entre sus muros (aunque seguro que preferiría retenerla entre sus carnes). Y por otro, la propia María, a la que veíamos antes cantando como una descosida en las montañas, se muestra desesperada por no abandonar a su abadesa. El segundo punto lo explico entendiendo que nuestra protagonista tiene planeado deshacerse de la madre abadesa en algún punto del futuro, para hacerse ella con el mando del convento, ya que su personalidad es eminentemente arribista, como veremos más adelante. Pero para el primer punto no encuentro más explicación que hacer encajar los hechos de la película con los de la realidad, lo siento, y es que para colmo es una película basada en hecho reales. Vamos, que hay que ser pero que muy cínico para calificarla como cine familiar.
           

"¿Que voy hecha una espantaja? Te vas a enterar, guapito de cara"

Después de otra escena que indaga en la disfunciones de la muy postulanta, que ahora ya da la nota hasta en público, ante las miradas horrorizadas de los transeúntes, tiene lugar su llegada a la mansión Von Trapp. Esto conforma un pasaje particularmente importante, pues nos aportará las claves sobre las que se va a asentar el resto de la película. Desde que Maria toma conciencia de lo que son los dominios del capitán y de que hambre lo que se dice hambre esa familia no pasa, los ojos no paran de hacerle chiribitas, sólo hay que fijarse. Es más, cuando entra en el salón de baile, la opulencia la puede hasta tal punto que no se corta en fantasear con que es la dueña del lugar y que da fiestas para coquetear con los maridos de sus amigas y dejarlas en evidencia. Una lagarta, vamos.
Pero de pronto llega el capitán, y ella, que es más lista que el hambre, decide que lo mejor será hacerse la sorprendida y la vulnerable (una estratagema básica en la agenda de toda femme fatale que se precie). Aunque en el fondo, ahora que lo pienso, sí que es posible que se sintiera un tanto sobrepasada, ya que el capitán es un ser aún más raro y excesivo que ella, a parte de tener la lengua muy larga, pues se le pone un poco en plan Mr Blackwell y le dice que vaya trapos y que sin duda la incluiría encabezando la lista de las top 10 peor vestidas de Salzburgo.

"Nunca des la espalda a una femme fatale".

Después, al tipo le da por ponerse militar y llamar a su prole (conformada por una lagarta, cuatro niñas y dos gays) a golpe de silbato. La monja lo flipa, claro, y también el público, porque una cosa es que lo haga Madonna para presentar “Holiday” en el Girlie Show, que queda muy simpático y hortera, pero otra muy distinta es que lo incorpore uno a su día a día. Fatal, vamos. Aún así, lo importante es que la freuland, que está más vivida que Nuria Bermúdez, detecta enseguida los flancos débiles de la familia y toma la decisión de que de ahí va a sacar tajada. Así de claro. Todos sus pasos posteriores van encaminados hacia sus lucrativos propósitos: lo primero es explotar esa química sexual aún no resuelta entre ella y el capitán y, si hace falta, ganarse la confianza de esas criaturas inseguras y maleables que son sus hijos. Muy “Ana y los siete”, sí, sólo que nuestra querida postulanta es mucho más retorcida y vengativa. Y es que, como el capitán le dijo que vaya trapitos que traía y que qué mal, ella decide devolvérsela bien cargadita vistiendo a sus hijos con cortinas y paseándolos por toda Salzburgo hechos unas mamarrachas. Hasta los hace colgarse de los árboles en plan mono Bubbles cuando sabe que va a llegar su padre. Es que hay que ser retorcida y mala.

"María y la baronesa: el catfight que no pudo ser".

Claro que con lo que no contaba Maria es con encontrarse con la horma de su zapato, el peor enemigo de una mujer, es decir, otra mujer. Peor aún, una mujer muy enamorada, muy honrada y muy rubia: la baronesa Schroeder. Maquillada divinamente hasta para hacer la siesta, espléndida en todas sus vertientes, estilosa y poseedora de una de las grandes frases de la Historia del Cine: “Quiero alguien que me necesite desesperadamente. O que necesite desesperadamente mi dinero.” Más total no se puede ser.
           

Desde la aparición de este personaje, todo cambia para Maria, que pensaba que tenía la situación controlada, y cae en una espiral de acciones, a cual más desesperada y dantesca, para recuperar la atención del millonario capitán: monta un grotesco espectáculo de marionetas, da una fiesta en la que obliga a los niños a cantar una grotesca canción de buenas noches estilo Los Lunnis... todo muy grotesco, en fin, muy desagradable e incómodo. Al final, la baronesa Schroeder, que es la única que ve con claridad los intereses de la otra pájara, le insinúa a su manera y muy sutilmente (no olvidemos que es baronesa) que ya sabe de qué va. Todos nos olemos que va a tener lugar entonces una siempre fascinante pelea de gatas... pero no, Maria quiere estar a la altura de la otra. Viéndose desenmascarada, vuelve a recurrir al truco de hacerse la pánfila y, tratando de hacer quedar a la otra como un monstruo por sus insinuaciones, hace como se siente ultrajada y avergonzada y decide huir de la mansión sin decir ni adiós siquiera. En realidad, pronto sabremos que no es sino una maniobra para atar cabos y acabar de pulir su plan maestro entre las paredes del convento, que imaginamos que a estas alturas ya se le debe quedar pequeño.
           

"La baronesa y una amiga mariquita brindan con Freixenet".

El siguiente pasaje de la película se vuelve particularmente duro para el público, pues vemos a la baronesa tratando de ganarse el cariño de los desagradecidos hijos del capitán, que están tan empapados de la crueldad de la monja que deciden hacerle la vida imposible a la rubia. En realidad, sólo están enganchados a la fugitiva, como cualquier otro yonki pueda estarlo a la heroína o a Gran Hermano, y ahora tienen mono de ella. Incluso van al convento a intentar convencerla de que vuelva a casa, cosa que no consiguen, porque María es lo peor. Sin embargo, finalmente decide que ya está bien de tanto suspense y expectación y que, si no consigue al capitán (cosa poco probable, porque cuando a una femme fatale se le cuadra algo en la cabeza, no hay quien la aparte de ello), siempre puede echar mano de alguno de los amigos de éste. Cuelga los hábitos, se pone la artillería pesada (un traje sastre ceñido) y allá que va.
 

En un mundo justo y perfecto, la baronesa se hubiera casado con el capitán y la arribista se hubiera quedado con las ganas... pero ya he dicho que la película está basada en hechos reales. Y la realidad... bueno, ya sabemos como es ésa. Por suerte para María, la baronesa tiene mucha más clase y vergüenza, y decide que una retirada a tiempo es más elegante que un triunfo a destiempo. De hecho, no es que María se salga con la suya por méritos, en realidad, sino más bien que la baronesa le pone al capitán en bandeja y se bate en retirada con ese estilazo tan Greta Garbo que tiene (casi la podemos oír en la distancia diciendo “Quierrrrro estarrr sola”). Hasta ahí llega el alcance de su divinidad. Un aplauso para ella.
           

"Los acólitos de María se ceban con la rubia".

El resto de la cinta no tiene mayor interés, la verdad, y normalmente la gente se lo salta o se duerme. María se casa con el capitán y va de madre amantísima y enrollada, cuando en realidad todos sospechamos, muy acertadamente, que quiere matarlos a todos para quedarse ella sola con la casa y el dinero. ¿Qué cómo? Pues ahí ya entra la imaginación de cada cual: personalmente, sospecho que quería llevarse a la familia a su jodida montaña y lanzarlos por un risco mientras les decía que se echaran un poquito más para atrás, que si no, no salían en la foto. Algo así. De todos modos, hay que aclarar que la película no acaba tan bien, porque en aquella época aún no habían nacido (como stars, digo) ni Sharon Stone ni Linda Fiorentino y las mujeres fatales estaban muy mal vistas. La gente no era tan de mantis religiosas como hoy en día y, por regla general, se las cepillaban en el último rollo de película. Éste no iba a ser un caso distinto, claro: los nazis quieren encarcelar al capitán por quemar una foto del rey o algo así, de modo que la familia Telerín aprovecha una especie de Operación Triunfo austriaco para escapar entre bastidores y huir a las montañas, dejando atrás todas sus posesiones y riquezas (lo cual, para una femme fatale, viene a ser lo mismo que morirse... o sea, que la matan).
           

"Blanca y radiante va la viuda negra".

En definitiva, que hay que volver a ver “Sonrisas y lágrimas”, una película injustamente denostada como ñoña y, en el peor de los casos, clasificada muy peregrinamente como cine familiar, cuando se trata de una muestra extraordinaria de cine noir petardo. Quizás la única, de hecho. A redescubrir.

"A tu laaado me sieeento seguuuro, a tu laaado no duuuudo..."

Noviembre 2007

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