Tócate otra vez, Sam
Por Hernán Migoya, fotos de Alan Jenkenev
Místernny me pide que escriba una crónica del concierto en Barcelona de Samantha Fox, en esa velada bautizada como “ gay y heterofriendly ”. Lo hago por tres motivos:
1) porque a Místernny lo quiero mucho y no puedo negarme a nada de lo que me pida.
2) Porque él me invitó a la fiesta.
3) Porque me encanta aparecer en LMC, aunque sólo -o sobre todo- sea para figurar.
 A Místernny le honra pedirme la crónica, él que se sabe todas las canciones de la Fox al dedillo meñique, y que sabe que yo soy, en el fondo, demasiado rijoso para andarme con ojete a la hora de comentar estas delicatessen .
Y es que seamos sinceros: hay que ser MUY gay o muy friendly para que te guste un concierto de Samantha Fox. Las dos condiciones se daban en aquella sala: las mariconas catalanas, que son más discretas que las madrileñas, ocupaban risueñas sus puestos de adoratrices; pero también los heteros y sus parejas, aprovechando además para hacer gala de su poderío sexual: esto es, marcándose intensos morreos para público solaz.
En el fondo, lo sé por experiencia, luce mucho ser hetero y ponerse a magrear una hembra entre masas de maricones: ignoro el por qué, pero es como si nos encantara demostrar que, en el fondo, somos machotes. Tanta tolerancia tenía que esconder su lado interesado… Yo también me hubiera entregado a tales exhibiciones sexuales, pero iba con mi mujer.
 Como digo, hoy día hay que ser muy marica o muy friendly para admirar a Samantha Fox. En los años 80, sólo a los garrulos les gustaba; en los años 00, a la comunidad gay . Los extremos se tocan. La homofobia y la homofilia unidas por una enana con tetas. Rectifico: hay que ser muy marica o muy garrulo para convertir a ese bulto en icono popular.
¿Veis? Nunca ha habido términos medios. Me cuesta menos ponerme garrulo que gay, así que abrazo feliz esa perspectiva:
Sí, debo reconocer que esa noche lo que más me sorprendió -igualito igualito que la primera vez que ves a un famoso- es la menguada estatura de Samantha (Samantheta en catalán). Primero salieron tres bailarinas con cara de inglesas (es decir, más feas que pegarle fuego a tu esposa), haciendo contorsiones y rollo ballet televisivo. Enseguida Samantheta, con una faja que ni Mr. T.
 La palabra, ahora en desuso, es prieta: hay que reconocer que, para lo vieja que objetivamente debe ser, la rubia oxigenada daba el pego. Su culito seguía apretado y sus tetas, auxiliadas o no por sujeciones externas, bien puestas. Lástima de estatura: me recordaba a las liliputienses latinas con las que salí en años no lejanos. De hecho, por constitución corporal y figura, parecía una barriobajera chicana lista para “hacerla”.
El concierto en sí: no había respaldo musical en vivo. Era como Karina, poniendo una cassette y a cantar. Pues así. Igual tenía canciones bonitas. A nadie le importaba. Todos bailaban como si hubieran decidido hacer rey al tonto del pueblo. Eso me dolió un poco. Pero seguramente Samantheta ha encontrado por fin un público fiel y puede sacar con los gays mucho más provecho que con esos garrulos que dejan de comprarte en cuanto te declinan las tetas, para sustituirte por una cualquiera más Fox.
Cada poco, Samantheta se tocaba las peras (ni siquiera esperó al Touch me de rigor) y acto seguido se volvía y hacía tremolar las nalgas como una negra en celo delante de Snoop Dog. Supongo que se sentía segura de que nadie la asaltaría sexualmente.
El público bailó y disfrutó de la linda -nunca he visto público tan agradecido-.
 Lo que más me gustó es la ristra de tópicos con que Samantha se dirigía a la audiencia, dando palmas, poniendo cara de bailaora flamenca y dedicando a sus fans españoles una versión de “Quizás, quizás, quizás”. Nadie le avisó que estaba en Barcelona y a los catalanes les sienta mal que les consideren españoles. Quizá no es una artista tan importante como para que alguien la aleccionara previamente, como hacen con la mayoría de estrellas guiris de visita en BCN. Pero como también estábamos en un concierto para gays, nadie pensó en protestar, no lo tomaran por intolerante. En todo caso, me enterneció su gesto de supuesta empatía por lo hispano, creyendo que era lo propio: en ese momento, ella estaba tan perdida allí arriba como yo abajo.
En resumen: como jornada de karaoke habría sido perfecta si la que estaba sobre el escenario hubiera sido una imitadora española de Samantha Fox. Y si yo fuera más gay o más garrulo. ¡Pero es que ni siquiera se quitó la faja!
Pincha aquí para leer la crónica (algo más condescendiente) de Misternny
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