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La verdadera historia de las Bates:
Psicosis II, III Y IV
Por
Gabbo Fritzpatrick

 

“Psicosis” es una película de 1960 muy bien hecha y muy emocionante. La estudian en todas las escuelas de cine. La escena de la ducha se ha hecho muy célebre, y también la del asesinato en la escalera y la de la madre que se da la vuelta en su mecedora y muchas otras también.

De todos modos, nada tan emocionante como lo que vendría después. Recordemos lo que pasó en “Psicosis” para ponernos en antecedentes, aunque esto que cuento yo podéis preguntárselo a la portera de cualquier escuela de cine.

 

PSICOSIS

Marion es una chica tímida y mona que tiene una relación problemática con su novio. Viven en ciudades diferentes y sólo pueden follar a la hora de comer. En su día se llamaba desvergüenza. Hoy se llama Sex and the city. Dispuesta a cambiar las cosas, Marion roba un día 40.000 dólares del despacho de su jefe y se va a ver a su novio. Cuando anochece y una lluvia entorpece su camino, decide parar en un extraño motel regentado por Norman Bates. Hacen amistad, luego ella se ducha y justo cuando iba a pasarse el acondicionador una Tarada Travesti aparece al otro lado de la cortina y se la carga.

Su hermana, Lila, preocupada por su desaparición, avisa al novio de Marion y contactan con un detective privado que también sigue su rastro para recuperar los 40.000 dólares. El detective llega al motel Bates, habla un rato con Norman, y cuando entra en la terrorífica casa que hay junto al motel para conocer la versión de su madre –esa señora que no hace más que mirar por la ventana-, de nuevo la Travesti Tarada ataca y lo mata en las escaleras. Lila y el novio de Marion deciden, al tardar el detective en dar señales de vida, presentarse en el mismo motel.

Allí descubren que Marion se hospedó allí, que hay abalorios de maquillaje antiquísimos, una vieja momificada en el sótano del viejo caserón y que la Travesti Tarada es la mismísima Norman, que de vez en cuando gusta de ponerse tacones y matar. Al final hay un bonito plano de Norman detenido, ya rematadamente loco, sonriendo a la cámara. Si se le da a la pausa en el momento apropiado podemos ver como su rostro se funde con la calavera de su madre y da mucho miedo. Se llama “ir de subliminal”. Ahora, al meollo de la cuestión: ¡las secuoyas…!

 

PSICOSIS II: EL REGRESO DE NORMAN

Han pasado veintidós años. Estamos en 1981 y triunfan Kim Wilde y Human League.

Norman ya está sanote para comenzar a bailar música disco, según un psiquiatra muy listo que lleva su caso en el centro en el que está encerrado, por lo cual puede continuar su vida en la terrible mansión del horror y el terror donde años antes se fraguó su locura y cometió espantosos crímenes.

La única que parece oponerse a esto es Lila, la hermana de Marion (o sea, Janet Leigh, la ladronzuela asesinada por Norman en la ducha veinte años antes).

Pero todos la toman por el pito del sereno y por una señora muy pesada.

Una vez en casa, Norman ve varias cosas aterradoras:

•  Una anciana le mira desde la ventana del cuarto de su madre (otra vez).

•  Alguien le ha dejado una nota bajo el teléfono firmada por su madre.

•  El motel Bates se ha convertido en una casa de putas.

Debido a esto último, él prefiere otro trabajo: ser camarero en una hamburguesería. Allí hace amistad con Mary, una díscola jovencita (interpretada por Meg Tilly antes de fracasar y ceder el estrellado a su hermana Jennifer Tilly antes de que ésta fracasase también). La chica acaba de romper con su novio y no tiene donde pasar la noche, así que Norman le ofrece su morada. Aunque parece al principio reticente, Norman la convence con un simpático motivo:

-Hace años maté a mi propia madre en esta misma casa y hoy es la primera vez que duermo aquí tras salir del psiquiátrico… te agradecería tu compañía.

Ella acepta, ¿y quién no lo haría? Esa noche se convierte en unos cuantos días cuando la rebelde Mary se encariña con el travesti tarado. Pero entonces, comienzan los crímenes. En el pueblo comienzan a sospechar de Norman. Incluso él empieza a sospechar de sí mismo, el pobre. Y mientras tanto, Mary silba y mira para otro lado… ¿qué tiene que ocultar?

¡Resulta que Mary es la sobrina de Marion Crane! (Es curioso como en toda la saga de Psicosis, aunque Norman se cargue a varias mujeres, sólo se acuerdan de la célebre Marion Crane y su ducha). Su madre, Lila Loomis (y hermana por tanto de Marion) tiene un plan para volver loco a Norman y encerrarlo de nuevo de por vida. Cuando el entuerto parecía solucionado, Lila Loomis es asesinada por una anciana travesti. ¡Y qué asesinato! En un momento de lo más gore, el asesino aprovecha el chillido de la pobre Lila para clavarle el cuchillo en la boca, que le sale por la nuca. Una cosa terrible, terrible de ver, vamos.

Poco después, la policía concluye que la responsable de todo es la pobre Mary (que no gana para disgustos, ¡además de quedarse huérfana!) y la matan en un tiroteo. Es entonces, cuando Norman vuelve a vivir solo, que la sombra de una vieja aparece tras la puerta de su cocina… ¡es la cocinera de la hamburguesería!

Si sospechaban ustedes que simplemente se acercaba por la casa para entregarle un whopper, están equivocados. La anciana de agradable aspecto le confiesa que ELLA es su verdadera madre, y no la tonta de su hermana. Y que no podía permitir que nadie le hiciese daño, así que se ha ido cargando a todos los metomentodo que querían acabar con nuestra entrañable Travesti Tarada. Norman se pilla tal cabreo al saber que la que él creía que era su madre era en realidad su tía (¿no le pasó algo parecido a Jack Nicholson en su día, por cierto?) que se la carga de un palazo en la cabeza (y ya van dos veces que se ha cargado a su madre, ¡qué empeño!), la sienta en su antiguo dormitorio y comienza a poner su voz. Todo ha vuelto a empezar.

¿Qué hemos aprendido en Psicosis II?

•  Las tías siempre traen problemas, vivas o muertas (muertas ambas en este caso).

•  Es posible la curación de un psicópata, siempre que no se meta a trabajar en un burger.

•  El clásico atuendo de viejecita, con falda larga, rebequita de lana y pañoleta NUNCA pasa de moda. Véase Viktor & Rolf for H&M.

“Psicosis II” se convirtió, a lo tonto, en la segunda película más exitosa del verano de 1982 sólo por detrás de “El retorno del Jedi”. Los productores se pusieron manos a la obra enseguida para hacer una tercera, pero Anthony Perkins, imprescindible para la saga en su papel de Travesti Tarada, puso una condición para participar: dirigir la película ella misma. Huy…

 

PSICOSIS III

Maureen es una monja que ha perdido su fe, así que se sube a lo alto del campanario, chilla “¡¡¡Dios no existeeeeeee!!!” y se dispone a tirarse cuando la madre superiora se acerca para llamarla sacrílega, sucia y furcia y, en un terrible accidente, se cae ella.

Maureen, consternada y rodeada de compañeras que la llaman de todo menos bonita, coge su maleta y se marcha.

Cuando está cansada de atravesar el desierto, se para en la carretera y aparece un macarra, Duke, que se ofrece a llevarla. Duke, ojito, está interpretado por Jeff Fahey, una especie de hermano Baldwin ochentero, un hombre como los de entonces: pelo en pecho, chaleco vaquero, botas de cuero, guitarra en el maletero… un cañón, vamos, para todo el que se cruce con él, excepto para la pobre Maureen, que es monja. (No así para Anthony Perkins, al que como director se le ve el plumero con el jovencito de mala manera, cosa que trataremos más adelante).

Por si no tenía suficiente desgracia con haberse cargado a su madre superiora, Duke se sobrepasa con la pobre Maureen, que en medio de la noche sale del coche por patas y va a dar a… ¿El motel Bates? ¡No! Todavía no. ¡Va a la hamburguesería de Norman! Ahora Norman ya no trabaja allí, pero está casualmente zampándose un burrito mientras una periodista tipo Paloma García Pelayo le acosa con preguntas (ella y sólo ella, en todo el universo, sospecha que Norman tiene algo que ver con la desaparición de la cocinera sesentona que trabajaba allí, que recordemos que resultó ser su verdadera madre en la segunda parte).

Maureen se queda en el motel, claro. Donde da la casualidad de que también está viviendo Duke, al que Norman ha ofrecido un empleo de ayudante. La misma noche de su llegada la señora Bates ordena a Norman que se cargue a esa fulana rubia y Norman, ni corto ni perezoso, se pone sus mejores galas de Travesti Tarada para acuchillar a la chiquita. Pero cuando llega a la ducha… ella ya se ha encargado de aniquilarse a sí misma: se acaba de cortar las venas, incapaz de soportar el hecho de haberse cargado a su madre superiora y haber sufrido después un intento de violación por parte de Duke. Y ojito, que en su delirio de monja moribunda, la terrorífica señora Bates se le aparece como… ¡la Virgen María! (y ya van tres vírgenes en el motel, junto a Norman y Maureen).

Norman la lleva al hospital, donde Maureen se cura y puede lucir unas cucas muñequeras blancas, además muy a la moda en aquel entonces. A partir de ese momento, nuestra Travesti Tarada le coge cariño a la moza, llegando a iniciar un magreo cuando él la invita a bailar. La madre de Norman, obviamente, echa pestes sobre la monja metida a pervierte-chalados. Para más inri, el comportamiento de Duke no es nada correcto y no deja de fisgar todo lo que puede, tocar sus molestos solos de guitarra todo el rato y llevarse mozas al motel para follar. Respecto a esto último, entramos en una de las escenas más infames de la película.

Duke invita a una gañana con la que ha compartido una cerveza a dormir a su habitación del motel. Ella, impresionada al ser tratada como un putón verbenero, acepta encantada. En la habitación tiene lugar una sesión de lo más sexy:

-La moza, desnudita, bailotea en la cama (decorada en la pared con fotos de mujeres desnudas). Ella lame una de las fotos y luego se baja la sábana que le cubría, para que Duke (y el público) le vea los pezoncitos.

-Duke, desnudo, se tapa sus partes con una lámpara que gira a un lado y al otro para dar un ambiente de lo más íntimo y new age a la habitación. Se supo después que Anthony Perkins (recordemos que aquí director además de protagonista) exigió a Jeff Fahey que estuviese completamente desnudo (no es lista ni nada la Antonia), pero él le dijo que se iba a desnudar Rita. Lo más paradójico es que años después, ya con su carrera acabada, se desnudó en thrillers absurdos junto a Sean Young. Qué vendido.

¿Cómo acaba la cosa? Tras mucho cotillear, Duke descubre el cadáver disecado de la madre de Norman y se lo lleva a su cuarto (a Duke no se le resiste ninguna nena, ni las momificadas). Cuando Norman lo descubre, se lían a palos y Duke acaba muriendo en el pantano tras una pelea en un coche en marcha. Una escena con mucha acción, emoción y misterio, sí. Por otro lado, la atormentada monjita Maureen decide que Norman es el hombre de su vida y sube corriendo a la casa de la colina a decírselo.

Ni el hecho de que haya una tormenta de mil demonios, ni que el semblante de la casa asuste al miedo, ni que Norman le reciba sudoroso y con cara de psicópata le echan atrás.

Cuando Norman le dice que por él se puede ir a freír espárragos a su convento, a Maureen le da tal coraje que se cae por las escaleras, desnucándose al llegar al suelo.

Lo cierto es que Norman la quería de verdad. Y cierto es también que un carpintero debería mirar esas escaleras, porque ya van dos que se matan de la misma manera.

Norman ya está rematadamente loca. Así que lo que le faltaba tras estos impactantes sucesos es que apareciese la periodista metomentodo y entrase en su casa. La periodista es otra de esas que piensan que en una casa oscura y llena de velas en una noche de tormenta lo peor que puede haber es una gotera. Está buscando a Norman, porque hay algo que tiene que decirle. Y Norman aparece repentinamente… vestido de su madre. Y le dice:

-¿Por qué viene a molestar a mi joven muchachito Norman? (Que es para decirle “oiga, su hijo de muchachito tiene lo que yo de lista”).

Es entonces cuando se inicia un corre que te pillo por la casa de lo más espeluznante. La señora Bates persigue a Paloma García Pelayo hasta la habitación de la madre, y allí nuestra heroína le confiesa que esa cutre cocinerucha de hamburguesas no es su madre, que le mintió, que su madre es la de toda la vida, la de la primera parte, la de la cuarta, la de la novela original, la que decía Hitchcock que era, vamos. Norman, ya loca perdida y sin saber si cargarse a la periodista o bailar una jota, acuchilla el cadáver de su-tía-que-pensaba-que-era-su-madre… Y es detenido poco después.

“Psicosis III” es una película muy divertida sin pies ni cabeza, dado que ni la monja ni el buenorro de Duke pintan nada en la historia. Resulta que en el primer guión que se empezó a rodar Duke iba a ser el asesino, suplantando la personalidad de la señora Bates para matar, pero se descartó después por ser una traición a la saga y una chorrada como un mundo. Así que aquí el asesino es Norman y la única novedad es que su madre vuelve a ser su madre y su tía la cocinera de hamburguesas vuelve a ser su tía la del burger. La gente no tragó esta vez y la recaudación económica no fue para tirar cohetes. Así que la siguiente y última entrada fue grabada en forma de telefilme para la emocionante noche del domingo.

 

PSICOSIS IV: EL COMIENZO

Norman está aburridísimo en casa (una casa que no es la mansión Bates) preparando una tarta de cumpleaños. Cuando empieza un programa de radio presentado por una que es como Gemma Nierga pero negra, decide llamar, puesto que el tema le viene al pelo: chicos que matan a sus madres. Haciéndose llamar Ed (como Ed Gein, toma homenaje cutre y facilón), cuenta su experiencia a la negra y a un psiquiatra que le acompaña, que (¡cosas veredes!) trató años antes a Norman en el psiquiátrico.

Norman rememora su infancia. Su infancia fue muy feliz, dice, aunque su madre era un zorrón con una doble moral más grande que la chaladura de su hijo. A lo largo de la película vamos viendo diferentes ejemplos de lo hija de puta que era la señora Bates:

-En el entierro del padre de Norman, su madre comienza a hacer cosquillas al joven Norman para animarle. Cuando Norman no puede evitar soltar carcajadas, ella le arrea dos bofetones.

-Un día su madre descubre revistas de jovencitas pin ups que en picantes fotazas portan únicamente suje y bragas. Cuando Norman aparece, ella le arrea dos bofetones.

-Durante una tormenta la madre de Norman siente mucho miedo, así que pide a su hijo que se desnude, ya que viene mojadito de la calle, y se meta con ella en la cama para protegerle. Cuando el chico se mete en la cama y sufre una erección (¡qué osadías para un telefilme!), ella le arrea no dos, sino treinta bofetones.

Era obvio que Norman podía o bien irse de casa o bien cargarse a una madre tan castradora y malvada. Y dado que la casa era una maravilla (porque en los flashbacks la conocemos recién pintada y nuevita, no la mansión de la muerte mortal que luego veríamos), él decide que por sus ovarios allí se queda, y es su madre la que debe morir. De paso, se carga a su nuevo padrastro, un hombre de lo más desagradable que humilla y somete a Norman, mientras su madre mira impasible y se limita a decir:

-¡Jo, jo, jo, jo!

Una vez muerta su madre, Norman comienza a hacer de las suyas. En una de las escenas más divertidas de la película, una osada jovencita, muy ligerita de cascos ella, se mete en la cama de la madre momificada, pensando que ese bulto es Norman. Tras hacerle unas cosquillitas, Norman aparece en la puerta con un cuchillo y su atuendo de Travesti Tarada, que tanto usaría de ese momento en adelante. Un rayo ilumina en ese momento al bulto y deja clara su verdadera naturaleza: es una horrenda momia a medio camino entre Freddie Krueger y Raquel Bollo. La chica se muere entre gritos y temblores mientras Norman la apuñala con bastante arte para ser su primera víctima.

Mientras Norman cuenta todas estas cosas en la radio, el psiquiatra empieza a pensar –pero sólo una ligera sospecha tiene el hombre- que ese oyente puede ser el mismísimo y terrorífico Norman Bates. Ojo, que el hombre es un lumbreras. No es fácil llegar a la conclusión teniendo los siguientes y débiles datos: 1. El oyente mató a su madre; 2. la momificó; 3. empezó a matar vestido como ella; 4. tenía un motel de carretera; 5. un motel de carretera en la misma ciudad que Norman. Y recordemos que el psiquiatra tampoco conocía tanto a Norman, sólo le trató durante veintidós años en el manicomio. En fin, que los doctores también son humanos.

Y bien, ¿a qué viene todo esto? ¿Qué hace Norman preparando una tarta de cumpleaños en una casa que nos es extraña? Pues esto es lo que sabemos después: tras los últimos crímenes en el motel, la Tarada Travesti fue de nuevo encerrada en el psiquiátrico y allí conquistó a una enfermera que pudo ver en Norman alguien más que a un psicópata (tal vez a un compañero ideal para ir a elegir bordados para las cortinas). Ni corta ni perezosa, le dio alojamiento en su casa como parte de la rehabilitación obligatoria para su libertad. ¿Y qué pasó después? Que la buena señora se preñó. Esto puede parecer una buena noticia para cualquiera, pero no para nuestra Norman: él cree que la semilla de su locura debe morir con él. No quiere hijos que puedan dar lugar a futuras secuelas de Psicosis una vez él esté muerto (¡¡hijo de puta!!). Así que llama a su novia y enfermera al hospital tras acabar de contar su historia en el programa de radio (mientras el psicólogo borderline sigue preguntándose quién será ese señor que tanto se parece a Norman) y la cita en la antigua mansión de su madre…

Cuando la enfermera llega allí, hay rayos y truenos (en la mansión Bates llueve más que en Galicia). Y nada más entrar y encontrar a Norman muy rarito y con la casa a oscuras, tienen una discusión. Sí, las parejas formadas por una lumpen y un travesti también tienen sus discusiones, como cualquier otra. Él no quería ese niño. Pero ella, con todo el morro, decidió preñarse igualmente. La verdad es que es como para matarla, ¿no? Norman llega a esa conclusión y la persigue con un cuchillo por toda la casa. Ella, como todas las demás lerdas que se metieron en esa mansión antes, cree que es mucho mejor esconderse en el sótano que SALIR POR LA PUÑETERA PUERTA PRINCIPAL Y LLAMAR A LA POLICÍA. Una vez en el sótano, Norman la alcanza y cuando está a punto de asesinarla, ella le dice que ya está bien: que ahora es un hombre nuevo (que no), que ese niño nacerá sano porque ella está sana (en fin…), que dejen el pasado atrás (que no) y que ya “basta de sangre, Norman” (que por supuesto que no basta).

Tan barato discurso hace efecto en nuestra Travesti Tarada, pero antes de irse, hay algo pendiente que debe hacer en la casa: plantarle fuego. Ha llegado a la conclusión de que destrozando la casa donde se volvió loco acabará con sus demonios interiores. Igualito que los Oasis con las habitaciones de hotel. Norman echa la gasolina, tira la cerilla y está preparado para salir por patas (afortunadamente no llevaba tacones en ese momento y podía correr como una gacela).

Pero justo en ese momento, los fantasmas del pasado vuelven para acosarle… y para impedirle abandonar la casa. Vemos a su madre… a la chiquita que mató cuando se metió en la cama con su madre-momia… a su malvado padrastro… y pensamos: ¿y dónde están todas las demás? Pues obviamente para las estrellas de todas las demás entregas de “Psicosis” o no había presupuesto, o estaban viejas, o estaban muertas. Finalmente, Norman logra salir, justo cuando la casa explota y la pobre enfermera está fuera, histérica, aún pensando que NORMAN ESTÁ SANO. Al día siguiente, y con la casa destrozada y ya sequita tras la actuación de los bomberos, Norman y su nueva novia abandonan el lugar. Él dice que por fin es libre. Ella no dice nada, pero le ha tocado en suerte un novio gay y psicópata. Pena de quinta parte…

Lo mejor de Psicosis IV es que no hay que verla para hacerse una idea de lo delirante que es: basta ir aquí y ver en Youtube la presentación que Janet Leigh, rutilante estrella de la primera entrega, hizo de la película en su estreno en el canal Showtime en 1990. Atención a como repite constantemente “Psycho tour… ¡¡¡¡THE BEGINNING!!!!”.

http://www.youtube.com/watch?v=OMosPcloAZA

Una quinta parte estaba en fase de preproducción cuando Anthony Perkins falleció de SIDA en 1992. Una pena, por el gran actor y por la gran película que hemos perdido. Del remake de Gus Van Sant, sólo merecen la pena el culo de Viggo Mortensen y Vince Vaughn haciéndose una paja. Buscad en el google. No perdáis vuestro tiempo.

 

02 Enero 2007

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