El cielo se preparó para ver a Beyoncé. Tras cuatro días intensos de lluvia, las nubes escamparon y Madrid entero se disponía a recibir a esta diosa de ébano. Así lo demostraban las casi 15.000 personas que abarrotaban el Palacio de los Deportes. Prácticamente sold out. Y no era para menos. Ésta era una de las pocas ocasiones en las que una diva internacional se digna a tocar en la capital.
Por todo ello, el concierto se convirtió en un acto social de alto copete al que no faltaron caras conocidas. Se montó incluso un photocall por el que desfilaron famosos de diversa calaña: Boris Izaguirre, Nieves Álvarez, D'Nash, Bárbaro (el cubano de La Casa de Tu Vida), Vicky ‘Si-me-llamas- mujerona-te-meto-un-puro' Berrocal, Almodóvar, las bailarinas de Crónicas Marcianas, Bimba Bosé... No faltó tampoco a la cita la Muerta Sánchez. No hay que olvidar que la cantante de Caradura estará este verano de gira por los pueblos de toda la península y tenía que tomar apuntes.
Llamativo era el divisar las hordas de negros. Decenas y decenas. Era como estar viviendo in situ un vídeo de la MTv. ¡Si hasta las chonis iban vestidas de Beyoncé! Ambientando a tal estampa, las pantallas proyectaban clips internacionales. Los más aplaudidos fueron Mika y Scissors Sisters, pero no faltaron ni Kelly Rowland ni Solange –la hermanísima-, que, aunque son más malas que las anginas, la Knowles es consciente que hay que dar de comer al séquito.
A las 21:30 horas, se apagaban las luces. Una columna de humo ocupó la parte central del escenario. Cientos de histéricas sacaban entonces el móvil a la espera de que apareciese la Virgen. Tras varios segundos de incertidumbre, salió entre las tinieblas. Portaba un ceñidísimo traje plateado lleno de pedrería. Estaba radiante, guapa y, por qué no decirlo, más gorda. Y como era de esperar, lucía también una de sus ya míticas pelucas rubias.
Se situó en el centro y se quedó parada esbozando una sonrisa que simulaba asombro. Estaba a la esperaba de que el público la recibiera como se merecía, con gritos y aplausos. Y así transcurrió. Cuando consideró que ya eran suficientes las muestras de cariño, decidió arrancar con su espectáculo.
“Crazy In Love” abrió la noche. La cantante comenzaba cual un torbellino, arropada por los 23 artistas que la acompañaban. Era todo muy frenético y ella no paraba de moverse compulsivamente. Imitando los movimientos de un robot, la diva que no ganó ni un Oscar por Dreamgilrs parecía que se había vuelto loca del coño. Y su gente con ella porque no paraba de desgañitarse con cada uno de los versos del mayor hit de toda su carrera.
Cuando la canción parecía llegar a su fin, la bella texana tomó unas estrofas del “Crazy”, de Gnarls Barkley. La idea parecía ser chula pero Beyoncé quedó un poco desfasada. No hay que olvidar que el jitazo se publicó hace ya un año (y eso es prehistoria para el mainstream) y que ha sido versioneado hasta por el coro de la Iglesia de tu barrio. Así que de original, nada, monada.
La Knowles intentó igualar el listón del empiece con “Freakum Dress” y “Green Light”. El primer tema, sinceramente, se lo podía haber ahorrado porque es más malo que un vaso de Java Cola. Por su parte, “Green Light” estuvo acertado. La artista incluyó el número inspirado en el vídeo de Robert Palmer y continuó con sus movimientos exagerados de cuerpo y cabeza, para tensión de sus talifanes, quienes temían por si salía disparada la peluca.
Después de estas tres canciones, llegó el primer cambio de vestuario. En vez de usar a la decena de bailarinas que disponía su Experience Tour, la afroamericana que puso de moda el rubio entre las negras escogió un hilo musical compuesto por una trompetilla de película erótica de televisión local. La verdad es que era para huir chillando.
La espera se hizo dura. Sin embargo, Beyoncé volvió fuerte. Inició un miniset arábigo con “Baby Boy”. La cantante logró suplir la ausencia de Sean Paul, covocalista del jit, con danzas del vientre. Los ritmos orientales se prolongaron con “Beautiful Liar”. El single que no ha conseguido alcanzar el número uno en USA se valió de las pantallas para introducir las voces de Shakira, tal y como es la versión en estudio. La forma en la que proyectada la nuera de De La Rúa no quedó demasiado mal. Lo que sí que quedó currísimo fue hacer pasar a una bailarina por la culona de la colombiana. Si a eso le sumamos que ambas realizaron una burda imitación del baile de “Hips Dont Lie”, el asunto merecía ser presentado en el Tribunal de La Haya.
El bloque arabesco concluyó con “Naughty Girl”, en el que la artista imitó los sonidos de las trompetas con la voz. Y ahí la novia de Jay Z estuvo realmente graciosa.
Altos y bajos
Finalizado ese despliegue de caderas, empezó el momento más aburrido de la noche: la retahíla de baladas. Vale que tuviera que demostrar sus aptitudes pero no era necesario que lo hiciese todo del tirón. Las dos primeras fueron “Dangerously In Love” y “Me Myself & I”, que, para colmo, apareció en una versión aún más lenta.
Pese a que media sala amenazaba con dormirse, a los talifanes más férreos se les hizo el chichi Pepsi Cola. No cesaron de vitorear a la hermana de Solange como muestras de gratitud por su esfuerzo en la interpretación.
El último pulso a las cuerdas vocales sería “Flaws and All”. Sin embargo, de esfuerzo nada. Mientras que en las otras dos canciones, a la diva se le hinchaban las venas del cuello, con esta tercera se mantenía serena. La cosa olía mal. Tras varios instantes de hacer el paripé y de no manifestar esfuerzo, se demostraba que era playback.
Y no, no hay que escandalizarse porque era razonable. La chiquilla necesitaba tomar aire y, viendo cómo se las gasta Madonna o Britney, no nos vamos a cebar porque haga una pequeña excepción en el directo. No obstante, sí tenía delito era esa dramatización barata del lipsynch. Y es que Beyoncé dejó bien claro por qué no consiguió ni siquiera una mísera nominación a los Oscars con su papel de Diana Ross.
A pesar de todo, cientos seguidores, engañados o cegados, amenazaban con soltar la lagrimilla. Para conmover un poco más, la Knowles se dedicó a lanzar corazones a la vez que cantaba el “And that's why I love you” de su estribillo; y si a ello le sumamos el efecto visual de los ventiladores hondando su peluca, la estampa era verdaderamente conmovedora.
Al acabar el karaoke, apareció en el escenario un musculoso negro con marcapaquete y alas, abrazó a la diva y se la llevó. No tenía mucho sentido el número, lo sé, pero tal y como te lo cuento que sucedió.
Comenzó entonces un nuevo descanso. En esta ocasión se pusieron en las pantallas imágenes de la Pantera Rosa con el sonido su indiscutible trompetilla. Todo se iluminó con un rosa chicle y desfilaron por la palestra varios maromos haciendo un número detectivesco bastante ridículo. La performance duró unos cuantos minutos que se hicieron interminables.
Todo apuntaba que le tocar a “Check On It” (que para eso había sido el tema central de la versión cinematográfica del célebre dibujo). Sin embargo, Beyoncé retomó el show con un medley de Destiny's Child. Afrontaba entonces uno de los platos fuertes de la noche. El poutpourri arrancó con “Charlie's Angels” y siguió con “Bootylicious”, “No, No, No”, “Bills, Bills, Bills” “Cater 2 U” “Say My Name”, “Jumpin' Jumpin'” “Soldier”. “Survivor” puso fin a esta sucesión de jits.
La elección no fue del todo mala, cierto es, pero olvidarse de “Lose My Breath” y “Girl” dolió mucho. Sacándole la puntilla, los trozos estaban fatalmente hilados y las transiciones fueron bastante bruscas. Pero, bueno, la música estuvo en un segundo plano porque Beyoncé no paró de moverse.
A la chica se la veía asfixiada por calor y la pobre no podía retirarse los pelos. Se vivían entonces minutos de verdadero nerviosismo. El sudor chorreaba por su cara y el pegamento de la peluca amenazaba con desprenderse. Se notaba en las patillas, que parecían levantarse, y más de una vaticinaba un trágico final. No obstante, los implantes capilares de la Knowles aguantaron y demostraron con su water resistant valer lo que valen (cuestan más de 1.000 dólares la unidad).
Por si acaso se había despegado algo, la cantante se fue a retocar su peinado sintético y llegaba, por tanto, otro interludio. Mientras, salieron a la palestra una pareja de bailarines para realizar un número de tango. Y lo llamo tango por ponerle algún nombre porque aquellas danzas eran una versión libre y una americanada poco refinada que poco que tenía que ver con lo que inspiraban las letras de Gardel.
La consagración
Beyoncé volvió al escenario con más fuerza que nunca con “Ring The Alarm”. El flop que hizo temblar la carrera de la negra se cantó lleno con luces rojas. El hilo de la interpretación fue interrumpido con una coreografía de aires militares en la que participaron seis féminas de su equipo. El número fue espectacular. Sin embargo, un talifan confesó que aquel show había sido reciclado de la última gira de las Destiny's. Y digo yo, ¿no tiene pasta la tía para montar un nuevo número? ¡Ya hay que ser costra!
La Knowles siguió desgranando su B Day. Primero escogió “Suga Mama”, que al igual que el vídeo, realizó una performance con una barra americana. En “Upgrade U”, la afroxigenada también recuperó los movimientos del clip. El problema fue es que, la mitad del tiempo, los dos temas fueron interpretados sin micrófono. Y si a eso, le sumamos que ni se dignaba a mover los labios, pues era como de coña todo. Se descubrió el pastel cuando a mitad de las canciones, cogía el micro para meter cuatro berridos. A pesar de la evidencia, los seguidores, lobotomizados por su devoción, aseguraban que se trataba de un completo directo.
Tales momentos se continuaron con un fragmento de “Bonny & Clyde”, que ya que nadie la conoce, se la podía haber ahorrado. Aunque el tema es una auténtica patraña, el público una vez más, se rindió ante la cantante. Todo el Palacio de Deportes empezó a gritar Be-yon-cé. La artista se quedó callada y sonriendo, fingiendo de manera muy MALA, con mano en la boca incluida, que se estaba emocionando. Era una exposición de sentimientos totalmente ensayada y, como seguro que lo ha puesto en práctica en varias ocasiones, merece ser galardonada con un aluvión de Razzies.
Seguidamente, la mujer que confesó comer sólo seis rodajas de tomate y cuatro de pepino se dispuso con “Check On It” a capella. Interpetaba sólo el principio de los versos con la intención de que la gente se atreviera a terminarlos. Sin embargo, la pobre se quedó con las ganas en dos intentos. No dudó, por ello, en hacer reprimendas en plan buenri para quejarse de la escasa colaboración de la sala. Ella, erre que erre, repitió la frase hasta que a la cuarta vez los talifanes se dignaron a satisfacerla. Así consiguió que todo el Palacio de los Deportes cantara con ella.
Tras una correcta interpretación de “Get Me Bodied”, llegó otro cambio de vestuario. En este descanso, pusieron en las pantallas imágenes de la diva en actos públicos al tiempo que sonaba “Welcome to Hollywood”. Aprovechó entonces para meter de refilón un poco de publicidad de L'Oreal, que para eso ella es imagen. Tiene guasa la cosa, que una tía que usa pelucas sea imagen de una línea de productos para el cuidado del cabello. No me digas que no es fuerte!!
Las pantallas proyectaron en esos instantes imágenes de Dreamgirls. Así fue como aprovechó para introducir algún corte de la banda sonora del film. En vez de elegir “One Night Only”, la Knowles optó por “Diamonds Are Best Friends' Girl”. Muy mala elección pero estaba claro. Hay que tener en cuenta que aquella canción no está “compuesta” por Beyoncé, así que prefiere tocar otra en la que se lleve derechos de autor. Y pongo las comillas porque, al igual que Alaska, la sujeta recibe las composiciones terminadas, le cambia cuatro palabras y obliga a aparecer en los créditos como coautora para llevarse parte de los ingresos que genere. Si el escritor no cede, pierde la oportunidad de forrarse. Así de clarito.
Continuemos con el concierto. Beyoncé desmigó otra pista de la BSO de su película. En esta ocasión fue “Listen”. El tema que pudo ser el nuevo “I Will Always Love You” de Whitney Houston y que se quedó en “pudo ser” fue otro de los highlights de la noche. Hay que reconocer que fue recortada la canción, pero la Knowles demostró una vez más por qué ella es la única de las Destiny's Child que vende más de 1.000 copias. Y es que estando sola sobre una gran sábana blanca supo ganarse a todo el mundo con su voz.
Al acabar la interpretación, el Palacio de los Deportes coreaba su nombre una y otra vez. Como no, la cantante volvía a ser más falsa que su propia cabellera y forzaba de nuevo la imagen de cara lacrimosa. Puede que, por ello y a traición, la artista se hubiese guardado un regalito para la audiencia: el “Irreplaceable” en castellano. Y digo a traición porque ese jitazo en la lengua de Cervantes era una puñalada por la espalda. Sin embargo, aquello era la crónica de una desgracia más que anunciada.
¿Por qué tenía que castigar a su público con esa horrorosa versión? Cierto es que su pronunciación no fue como la del Joshua de los Morancos, pero es que ese “Ya lo ves/ Ya lo ves” es un bajón en toda regla. Eso sí, los centenares de guácanos que allí se habían congregado se mostraban más que agradecidos con el detallazo de la Knowles. Afortunadamente, continuó el tema en inglés a partir de la segunda parte y se remontó un poco el destrozo montado.
Y de nuevo, otra vez, la Beyoncé teatrera, la que se quedaba callada y sorprendida ante las ovaciones recibidas. Y claro, montar otra vez el numerito de “no-me-hagais-esto-que-lloro” dejaba en evidencia su nulo talento para el mundo del Séptimo Arte.
Cuando su ego quedó más que satisfecho, abandonó el escenario. Fue entonces cuando se produjo el momento más lamentable del show. Una bajista de aspecto hombruno tomó las riendas y se puso a improvisar con su instrumento. Si a eso le sumamos las lamidas del aparato y la serie de patadas que lanzaba al aire como una Afro Bisbala cualquiera, el espectáculo fue de lo más dantesco.
Pero si hay algo malo, siempre puede empeorar. La muchacha se arrancó con un solo de bajo con tintes hispanos. Era como las melodías de los dibujos de Speedy Gonzales. Algo realmente espantoso. Más horroroso fue ver como pasaban los minutos y aquello parecía no tener fin. Lo que no me explico es que cómo teniendo una docena de bailarines, Beyoncé deja a esa mamarracha haciendo el carnaval para entretener a los asistentes. Manda cojones.
La despedida
Después de aquella tortura, la diva volvía para clausurar el encuentro. Lo hizo vestida con un traje naranja de gala recargado, con una ausente finura típicamente anglosajona. Con ese modelito, se presentó para cantar “Déja Vù”, que incluyó una parte a lo Safri Duo que no pegaba ni con cola. Por su parte, la intérprete estuvo acompañada por los 23 artistas sobre el escenario y por una lluvia de confetti. La Knowles entonces tornó a Nadiuska y su coreografía degeneró en una serie de espasmos inenarrables.
Beyoncé no quiso irse sin devolver las muestras de cariño y por eso se dedicó a señalar a gente para agradecérselo en persona. Era rollo “al chico de la camiseta amarilla, muchas gracias”, “a la joven de rayas, muchas gracias”. Eso, como no, enterneció mucho más a una plebe que se había mostrado rendida ante la ambición negra durante toda la noche.
Y de esta forma se dio por finalizado uno de los mayores espectáculos que había vivido la capital en muchos años. Siendo testigo de aquello, sentada en las gradas, se encontraba la Muerta Sánchez tirándose de los pelos de la envidia al no poder montar un tinglado así para ella misma. A pesar de todo, sí hay que criticar la mala dirección del concierto, porque los descansos, los vídeos de las pantallas y el setlist (comenzar tan fuerte para acabar tan flojo) eran de pena de muerte. Eso sí, la satisfacción de verla tan radiante como iba, no nos la quita nadie.