
Nacho Cano, el nuevo profeta
¿Existe algo mejor que una amiga? Sí, una amiga que te invita al teatro ya sea para ver "Hoy no me puedo levantar". No había que ser Rappel para saber que las risas estaban aseguradas. Sin embargo, no podía imaginar que una obra de teatro escondiera un estremecedor asunto que está poniendo en peligro la vida de todos los castellanohablantes.
Estando de camino, me encontré en el autobús con una vecina que me anticipaba lo bien que me lo iba a pasar. Mis gustos distan bastante de los de ella, así que no tuve en cuenta su opinión. Lo que me dejó impactado fue la expresión de su cara que tomó cuando hablaba del musical. Y no era su sonrisa, que mostraba las treinta y dos piezas dentales de una tacada, lo que daba yuyu sino su mirada, penetrante a la vez que vacía. Se comportaba cual zombie que me intentaba seducir...
Ya en la puerta del teatro, las masas se agolpaban en la puerta. Se percibía cierta expectación puesto que ese mismo día arrancaba la segunda temporada. La fecha elegida para la reentrada era el 7 de septiembre, como el jit de Mecano, detalle que dejaba a los talifans con el chichi pespicola.
Allí también estaban las cámaras de Aquí hay tomate, aspecto que garantizaba la presencia de rostros famosos. Agudicé mi vista mientras me dirigía a los asientos y pude divisar solamente a Pablo Carbonell, Javier Merino y a Óscar Martínez (el Milikín del Programa de Ana Rosa).
Se apagaron las luces y empezaban a sonar las primeras notas de “Hoy no me puedo levantar”. Con este inicio tan impredecible, auguraba que me iba a tragar una buena chapa.
La historia presenta a dos jóvenes de pueblo (¡uno se llama Colate!) que deciden un buen día hacer las maletas para viajar a Madrid e intentar triunfar en el mundo de la música. En su camino hacia el éxito, uno de los dos se enamora y surge entonces una serie de vivencias de lo más variopintas. Ni que decir tiene que los actores son unos sosainas y que la trama tiene menos emoción que un capítulo de Ana y los siete.
Las coreografías intentan emular a Fama aunque terminen pareciéndose más a los bailes sacados de los videos de las fiestas de fin de curso organizadas durante la EGB.
Como no, todo está ambientado en los malditos 80 (la cosa ya huele). Y no sé qué estaría haciendo Nacho Cano durante esos años pero vivir la Movida Madrileña parece que no. En su particular visión de aquellos años, nadie lleva pantalones de pana ni las pirenaicas hombreras.
En su lugar, los personajes visten con ropa del H&M, que son mucho más cool. Y como es mejor pecar de moderno que de antiguo, el vestuario también incluía las Vans, ropa customizada de Popland y esas camisetas de los Ramones que tanto ha vendido Zara. Para darle un toque más fashion entre los bailarines se mete a un negro y listo, que encima da al montaje un aire más cosmopolita.
No menos ridículo es el intento de asociar a Mecano con la Movida Madrileña. Puede que el trío llevara la estética más vanguardista en nuestro país durante esa época; sin embargo, no hay que olvidar que el grupo encabezado por Ana Torroja era la alternativa de Los Pecos para el pijerío patrio de la época.
Eso sí, para disimular ese pastiche underground que proyecta el musical, los diálogos incluyen hasta la saciedad las palabras mágicas de “Rockola” y “Almodóvar”, y así se obtiene un toque de realidad. Tampoco faltan los típicos tópicos referentes al sexo y a las drogas. Y aquí, chicas, comienza lo bueno. A pesar de la moralina facilona, la obra parece ser una apología del consumo de hachís y cocaína. Frases reiterativas como “jo, tío, qué colocón llevo” acompañados de la broma de turno no hacen otra cosa que presentar el mundo de los estupefacientes como algo sugerente.
Esto me preocupaba porque se suponía que Hoy no me puedo levantar era apto para todos los públicos. Sin ir más lejos, a mi lado estaba sentado un niño de cinco años que no paraba de reírse (por imitación, claro) de las típicas payasadas que hacían los protagonistas durante su peculiar interpretación de cómo se está de pedo. Y no es que me haya convertido yo en una opusina con cara de vinagre pero hay que tener cuidado con los mensajes que se transmiten a los menores.
Otro aspecto a destacar es la imagen que se presenta del homosexual: la típica loca que hace de bufón y se convierte en el objetivo de las mofas. Un humor barato y simplón del rollo “dame por el culo” y te-toco-la-polla-a-la-primera-de-cambio que no es digno ni de la peor caspa de Emilio Laguna. Con eso, el niño de cinco años que había asumido lo cojonudas que son las drogas, aprende también lo divertido que es meterse con el maricón del cole. Vamos, didáctica pura.
Lo mejor de todo es que el personaje que se dedica a realizar tan deleznable interpretación es David Carrillo lleva el sambenito de famoso marica armarizado en la vida real. Así, de primeras, no te sonará el nombre pero seguro que recuerdas a ese rubio apaleable que se hizo famoso haciendo de amigo de Chechu en Médico de Familia y que terminó en sus años prepúberes presentando el Club Disney. Pues memoriza su cara porque por primera vez el Cogam y el Foro de la Familia han logrado encontrar un enemigo común (y no, no es Rajoy).
Una realidad extraña
Después de treinta minutos de descanso, arrancaba la segunda mitad del espectáculo. Sí, Hoy no me puedo levantar se compone de dos partes. Te preguntarás entonces si no existía una regla básica en el Teatro Clásico que dividía las obras dramáticas en tres actos (comienzo, nudo y desenlace). Bueno, parece que la LOGSE no es la causa del catetismo nacional y Nacho Cano es la prueba.
Si la primera hora y media era para mear y no echar gota, lo que aún estaba por llegar superaba con creces lo visto. Se perdía el norte por completo. Las canciones ya imponían el ritmo narrativo, de tal forma que si había que meter como sea “Mujer contra mujer”, se recurría a un flirteo lésbico (muy light, por supuesto) sin coherencia alguna; o si tenía que sonar “Laika”, se hacía un comentario a la Luna en una escena romántica y punto.
El musical vive momentos antológicos con numeritos como el de “No es serio este cementerio”, que plagia descaradamente el videclip de “Thriller” de Jacko. Tampoco hay que olvidar el “guiño” a Ghost (seamos benevolentes) ni el momento en el que el marica asume su condición sexual. Y no sufras por la pobre locaza porque, lejos de ser apaleada, la España de los ochenta era guay y todo el mundo aceptaba sin prejuicios las tendencias de cada uno.
Claro queda que la trama en sí era de lo peorcito, pero es que las moralinas eran también de aupa. El mensaje de “la droga es mala” se presenta al más puro estilo Médico de familia. ¿Pero crees que la criatura de cinco años que se sentaba a mi vera se iba a quedar con la moraleja después de haber estado escuchando lo graciosas que resultan el consumo de sustancias psicotrópicas? No, cari, no.
Aunque este punto no merece ser pasado por alto, hay que ir a lo escabroso del asunto. Tal y como apuntaba antes, había notado algo en los asistentes que les llevaba a aplaudir efusivamente y, aparentemente, sin razón alguna. Sin embargo, sus caras reflejaban una enajenación bastante chunga.
Era el momento de examinar la ardua situación. ¿La gente actuaba conscientemente? Me atrevería a decir que no. Incluso mi acompañante, quien reconocía estar horrorizada ante tanto surrealismo, cantaba extasiada. ¿Qué estaba ocurriendo? Antes de analizar nada, hagamos un poco de historia...
Año 1998. Nacho Cano viaja a la India. Allí se expone a las religiones hindúes que le hacen caminar por la senda del misticismo. Al parecer, queda en shock por la mendicidad infantil que tiñen las calles Calcuta y busca consuelo en las adoraciones monoteístas. Un año más tarde, decide crear una organización, Fundación Sabera, y para ello levantaría un centro en el que, según el músico, surgía con la intención de ayudar a las pobres niñas.
La iniciativa parecía buena pero salían varias incógnitas: ¿Quiénes eran las “elegidas”? ¿Cómo eran ayudadas? ¿Era acaso un centro de misioneros? ¿Le había llevado al músico a realizar esas acciones después de mantener contacto con las creencias hindúes? Aunque muchos nos viene a la cabeza la película Indiana Jones y el Templo Maldito, no seré yo quien se atreva a dar respuestas a todas estas preguntas.
Lo que sí hay que destacar es la rápida implicación de algunos rostros conocidos. Penélope Cruz, Ricky Martin y Antonio Banderas eran sólo algunos de los famosos que entraron a formar parte de este turbio asunto.
En 2003 ocurrió algo que nadie se ha atrevido a esclarecer a día de hoy. Nacho Cano abandonaba las filas de la organización. Una decisión repentina y extraña que aún hoy es un enigma para la humanidad.
Todas estas cuestiones volvieron a mi cabeza durante la interpretación de Hoy no me puedo levantar. ¿Podría el teclista haber aprendido técnicas para alienar al público en sus múltiples viajes a Calcuta? El caso comenzaba a complicarse. ¿Por qué esa hipnosis teatral no funcionaba conmigo? ¿Qué me diferenciaba a mí del resto de los asistentes? Todo apuntaba a que había mensajes subliminales ocultos en las letras de las canciones y que no funcionaban conmigo porque no me las sabía.
Nada funciona sin una buena campaña de marketing y Nacho es consciente de ello. Por eso, el teclista incluyó dos rostros quasi famosos en su tinglado. Se tratan de David Carrillo y de Gracia Peña, quien pasó sin pena ni gloria por Popstars. Está claro que ninguno de los dos son la Madonna de la Kabbalah ni el Tom Cruise de la Cienciología, pero parece que no había ningún otro personaje con mayor popularidad que estuviera en el paro.
"Mamá, me quiero ir a casa"
Cagada por lo que estaban percibiendo mis ojos, de repente escuché “Mamá, me quiero ir a casa”. Era el pobre pequeño que se sentaba a mi lado. Miré el reloj y me di cuenta de que ya habían pasado más de tres horas. Entonces llegué a la conclusión de que aquello era secta y nos tenían retenidos para lavarnos el cerebro.
Empezaron a sonar una y otra vez “Hoy no me puedo levantar” y “El siete de septiembre” La gente, levantada de sus asientos y poseída, gritaba las letras. Aquello parecía una congregación de mormones en la que sólo faltaba que los seguidores dijeran al unísono “Osana en el cielo”.
Cuando parecía que el tinglado iba a concluir, llegó lo peor. ¿Había peor que estar tres horas y media escuchando los temas de Mecano? Sí, permanecer expuesto otros sesenta minutos más ante esos cánticos convertidos en pura liturgia. El ambiente tomó aires puramente sectarios cuando salió al escenario el mismísimo Nacho Cano. Estábamos todos ante el nuevo Rael. A juzgar por sus insistentes masajes nasales, el líder actuaba como los chamanes y recurrió a los poderes de ciertas sustancias para establecer contacto con el más allá.
El músico llamó a dos personas de la sala. Los elegidos habían visto la función diecisiete y doce veces, respectivamente (hasta la fecha, el espectáculo se había representado durante dieciocho semanas). El maestro agradecía a sus fieles e invocaba al resto a volver, lo cual me provocó un miedo que aún no he logrado extinguir.
Finalmente nos dejaron salir y por fin veía la luz exterior. Era entonces hora de recapacitar. ¿Podían ser reales todas mis idas de pinza o había perdido la cabeza por completo? Yo no sé qué decir pero puedo asegurar es que escuchar durante más de cuatro horas a Mecano es letal para cualquier salud mental. Si quieres salir de dudas, visita los comentarios publicados en la web oficial de Hoy no me puedo levantar.
Lo que sí que es una realidad es el plan de Nacho para colonizar el planeta: llevar la obra a Suramérica y sacar un DVD del musical para que cualquiera desde casa pueda ser controlados...
Antonia Delata ladelatamemata@gmail.com
Los Mentideros 2005-2006
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