Madonna:
Nacida para los "Razzies"
Por Javier Quevedo Puchal
"He aprendido que si te rodeas de grandes guionistas y actores, un excelente director, un buen vestuario o lo que sea, es muy difícil equivocarse (...) Hacer algo mediocre es una pérdida de tiempo."

Si hay algo que ha hecho evolucionar el cine hasta convertirlo en una necesidad básica para todos, eso ha sido Hollywood. Sin duda. De no ser por esa "fábrica de sueños" (y resacas), posiblemente el invento de los hermanos Lumière sería a día de hoy poco más que una pantalla con un tren aproximándose. Para que nos entendamos: nadie estaría interesado en descargarse ilegalmente un corto sobre unos obreros que se van a casa a ver "La isla de los famosos". Eso es así. Además, unos obreros feos feos, vamos, sin monos de David Delfín ni músculos cuidadosamente maquillados de hollín. En resumen: un cutrerío. Por suerte, llegó el tío Oscar, esa especie de burbuja de Freixenet menos expresiva que Ben Affleck, y con él... ¡el star system! Comienza el espectáculo. Porque seamos claros, Hollywood ha hecho por la Humanidad mucho más que Graham Bell y Albert Einstein juntos: inventar las rubias platino y los héroes en mallas y bigotitos.
Y de entre todas las celebrities llegadas y por llegar, por supuesto hay una que brilla con especial intensidad: Louise Madonna Veronica Ciccone (también conocida por Esther). Porque, sí, sabemos con total certeza que el mundo del cine seguiría siendo exactamente el mismo sin Silke pero, ¿seguiría siendo el mismo sin Madonna? Una pregunta rotunda que sólo admite una respuesta rotunda: NO.
En efecto, la estrella ítaloamericana no sólo ha tocado prácticamente todos los palos en el mundo del cine (esto se puede o no leer con segundas), sino que lo ha hecho con un estilo inimitable e inconfundible. Es decir, Scarletts O'Hara ha habido por lo menos dos y de James Bonds ya ni te digo, pero... ¿alguien imagina "Who's that girl?" o "Shangai Surprise" interpretadas por alguien que no sea Madonna? Una pregunta no sólo retórica, sino incluso irritante, lo sé.

Vayamos por partes: nuestra heroína comenzó su andadura por el mundo de la interpretación de un modo casi inmejorable: con “Un cierto sacrificio”, una película de título premonitorio para con su visionado y también de presupuesto digamos que escueto, de un underground que no se podía aguantar. Muy rollo Warhol, en efecto, pero estilo 80, o sea, en plan sálvese quien pueda. Además, incluía una violación y una venganza rematada con un sacrificio humano (vamos, que el guión lo podría haber escrito Joe Eszterhas y quedarse tan pancho). Así, con una coherencia raramente vista en cualquier otra estrella, Madonna ya debutó haciendo gala de la filosofía que iba a caracterizar la práctica totalidad de su carrera como actriz: poner de mala leche al personal. Muy pocas veces se ha dado en sus trabajos la indiferencia que despiertan otras grandes damas de las tablas como Jennifer Lopez o Sandra Bullock. No, no, lo de Madonna con sus detractores es pura visceralidad, desgarro lorquiano.
Sin embargo, si hay una película que inaugura por todo lo alto la era Madonna, ésa es sin duda "Buscando a Susan desesperadamente". Una obra-espejismo que hinchó las expectativas de la crítica, haciéndoles creer que aquella jovencita que iba hecha una mamarracha era toda una revelación actoral. Y aunque nuestra amiga demostró una notable soltura en su rol de rubia teñida con las raíces negras, las cosas como sean, hay que reconocer que no dejaba de hacer de sí misma. De sí misma pasada por un tamiz muy ochenta, claro... es decir, que Rosanna Arquette, que estaba aburrida de pasarse las mañanas viendo magazines de Inés Ballester, se quedaba prendada de aquella desconocida alocada y, al final, quería ser como ella. Es decir, que en definitiva, lo que el film nos contaba realmente era el emocionante viaje de una ama de casa hacia su primer orgasmo. Pero lo que cabe destacar es que, entre medias, Madonna tenía ocasión de demostrar su buen hacer en una serie de gestos muy '80 (desde comerse unos ganchitos hasta cerrar impetuosamente una consigna), todo lo cual hacía con la misma naturalidad con que la gente compraba entradas para ver la película.

El caso es que el éxito de aquel primer trabajo llevó a lo que supone el primer gran clásico madonniano: "Shangai Surprise". No sólo uno de los pilares básicos del cine de los 80, sino la primera y última vez que la diva se codeó laboralmente con su esposo de por aquel entonces, Sean Penn. La película venía a ser una aventurilla pulp muy años 50... o eso querían ellos, porque los gags eran de un "Hot Shots" desfallecido y el papel de Madonna (misionera picante con las raíces negras) hubiera sido anhelado por Sarita Montiel en sus años mozos. La experiencia fue algo así como una montaña rusa de malos rollos y desgana creciente, pero eso no es lo que nos importa aquí: lo relevante es la actuación de Madonna, simplemente fascinante. Pues, al contrario de muchas colegas (como Meryl Streep, sin ir más lejos, que hay que ver lo que le gusta destacar a esa lagarta), la Ciccone demostró su gran profesionalidad al adecuar la calidad de su interpretación a la del film como producto. Es decir, la película era una castaña infumable... y Madonna supo estar a la altura de las circunstancias. Todo un detalle como profesional. Ni siquiera la ropa de época (normalmente, un plus que ayuda a los actores a meterse en sus papeles con más intensidad) fue un obstáculo para la tenacidad de nuestra protagonista, que inauguró así su largo y fructífero romance con los premios Razzie (galardones en los que ya sabéis que es toda una institución, punto de referencia ineludible).

Todos los actores tienen una película que los define como mitos del celuloide. La de Madonna, sin duda alguna, es "Who's that girl?" Clásico imbatible de las sobremesas del sábado, jamás las cejas de nuestras chica lucieron tan espesas e indómitas. Aquellas matas de pelo delataban una personalidad tan arrolladora, de hecho, que casi las podemos considerar un personaje más de la película, de más calado incluso que otros personajes con diálogo. Son muchos los que han querido ver en esta obra un remake inconfeso de "La fiera de mi niña". ¡Falacias! La fina comedia de Esther supera holgadamente el film de Howard Hawks, así de claro. En ella, nuestra heroína interpreta a Nikki Finn, una ex-convicta rubia con las raíces negras y las cejas aún más negras, que sale de la cárcel en busca de venganza y que, de paso, hace que un yuppie tenga su primer orgasmo. O sea, que es como "Buscando a Susan desesperadamente", pero en hetero. Y en mucho más divertida, claro, pues aporta todo lo que no aportaba la otra: un animal (el puma Murray), un secuestro de damas de honor y también dos policías mariquitas. Además, con su personaje la Ciccone no sólo asentó lo que serían las bases de la haute couture en aquellos años (tutú de bailarina con chupa de cuero, mallas de rejilla y botines), sino que nos regaló un inolvidable tour de force interpretativo, en el que supo desplegar su vis cómica como nunca.
No es de extrañar, pues, que su siguiente proyecto para la pantalla grande cayera como una jarra de agua fría entre los que apreciamos de verdad su labor dramática. Y es que "Dick Tracy" no fue tanto un vehículo para su lucimiento como para el de su partenaire Warren Beatty, que sepultó en maquillaje a todo el reparto (incluso a ella, en algunas escenas) para parecer él mismo más joven y atractivo. De todos modos, la propuesta supuso un importante cambio de registro para Madonna, a la que por primera vez no se le veían las raíces negras. Es más, consiguió incluso confundir las expectativas de la crítica especializada, que llegó a aplaudir su papel de putanga con el corazón de oro.

Por suerte para todos, ese aura de presunta respetabilidad (que apenas si se mantuvo con su cameo como trapecista putanga en "Sombras y niebla", de Woody Allen) sólo fue un espejismo, como se encargó de constatar "El cuerpo del delito". Para entender en su justa medida el alcance de esta masterpiece del cine negro guarri, hay que retrotraerse a "Instinto Básico", la icónica película de Paul Verhoeven que rompió las taquillas del mundo entero el año anterior. Y es que nuestra italoamericana favorita, que por aquella época estaba inmersa en una etapa muy rebelde de ir todo el día en culos y tetas, encajó francamente mal que Sharon Stone se hiciera con el papelón de Catherine Trammell. Ella quería su propio "Instinto Básico" y consiguió uno a su medida. Y si la Stone ejecutó el celebérrimo "polvo del siglo", Madonna hizo que la expresión "matar a polvos a alguien" sonara más literal que nunca. Así pues, en la película interpretaba a un rubia teñida que cultivaba cierta afición por el dinero y por el sadomasoquismo fino. Galerista también era, o algo parecido. La cinta supuso la primera incursión de Esther en el complejo terreno del telefilm (algo que llevó a su máximo apogeo en la incomprendida "Algo casi perfecto") y el metraje estaba cuajado de guarreridas americanas y momentos-sorpresa en el juzgado.El repertorio de miradas lúbricas de Madonna parecía inagotable y delataba un notorio entusiasmo cada vez que tenía que perpetrar una escena "rated R", como ratifica su cara de picaruela viciosa en el videocasero de la primera escena.

Pasaré muy de refilón por sus múltiples cameos y papeles de reparto en aquellos años, dado el pobre aporte a conformar una filmografía como Dios manda. Y no menos de refilón por su colaboración con Abel Ferrara en "Snake Eyes", por cierto. Una película que no me resulta una vergüenza per se, sino porque sea posiblemente el único papel en el que Madonna parece una actriz de verdad, llegando a resultar verosímil en varias ocasiones e incluso haciendo correr rumores sobre un posible premio en el festival de Venecia. Todo un poco exagerado, en cualquier caso. Vamos, que lo único reseñable es que recupera para su rol las raíces negras que enterrara años atrás.
Y llegamos por fin a un punto de inflexión en la andadura de nuestra muchacha: "Evita". Palabras mayores. La película que iba a cambiar definitivamente y por siempre jamás la opinión pública sobre el mito ítaloamericano. Una superproducción de toma pan y moja, con todo centrado temerariamente en la actuación de su primera estrella, una Madonna que aún debe seguir poniéndole velas a la virgen de Guadalupe por que Michelle Pfeiffer (la elegida inicial) prefiriera parir como una coneja a hacer un papel que la hubiera encumbrado un poco más. Consciente de que era ahora o nunca, nuestra Estherita hizo una campaña de marketing que ríete tú de "El orfanato": escribió un diario secreto para que lo publicara el "Vanity Fair", no se lió con Antonio Banderas (su partenaire en el film) ni hizo felación alguna a una botella de Vichy Catalán, se quedó preñada y después lo anunció en una rueda de prensa en la que iba de pánfila... y, ya como colofón final, apareció disfrazada de señora mayor con motivo del preestreno. Todo calculadamente respetable.

Sospechamos que, en el fondo, la mociquilla pensaba que iba a ganar el Oscar a la mejor actriz. Pero se tuvo que conformar con un Globo de Oro, que seguro que ha colocado frente a su colección de Razzies y le saca brillo a diario. Ahora bien, ¿y su actuación? Pues hay que decir que, al menos para los que la vimos en cines, fue un alivio comprobar que el mundo no se había vuelto del revés y que la Ciccone no acabaría rodando ninguna película con Lars Von Trier. De acuerdo, la oriunda de Detroit apareció bastante fresca (menos cuando hace de adolescente, que parece una Marujita Díaz anoréxica) y aguantó el tipo relativamente bien... pero todos sus movimientos tenían el mismo aire de calculado al milímetro que su campaña de marketing. Como si se hubiera sometido a un entrenamiento previo rollo "Operación Evita", vamos, y ahora lo estuviera aplicando minuciosamente. Además, la cagó un poco en las escenas de llanto en el balcón de la Casa Rosada, donde parece una fallera mayor forzando el lagrimal durante la Cremà. Un poco fuerte, la verdad.
El caso es que el valor de "Evita" y sus circunstancias es incalculable ya no desde el punto de vista cinematográfico, sino más bien como atenuante. Y es que, tras la experiencia, Madonna se dio cuenta de que iba sobrá. Tal cual. Se envalentonó y bajó deliciosamente la guardia, regalándonos uno de sus clásicos de toda la vida, pero ya adaptado al gusto del nuevo milenio. "Algo casi perfecto" es... pues eso, algo casi perfecto. Aunque estrenada en salas comerciales, la película es de un telefilm que tira de espaldas, o sea, un auténtico polvorín de potencial kistch. Madonna está encantada de sí misma y lo demuestra ampliamente en todos los fotogramas, con su caracterización como una especie de Julia Roberts "new age" con brazos de obrero, que decide tener un hijo con su mejor amigo gay (por supuesto, no podía ser otro sino Rupert Everett). La película convoca muchos géneros, desde la comedia romántica imposible hasta el queer cinema y el melodrama chungo, sumergiéndonos en su tramo final (para estupor de todos) en ... ¡el género judicial! En fin, que dura competencia para "Who's that girl?" en la sobremesa de los sábados. Como no podía ser de otro modo, la propuesta obtuvo una calurosa acogida en los Razzies de aquella edición, dando así paso al glorioso estadio final en la carrera de nuestra actriz favorita...¡"Barridos por la marea"!

Cuando nos enteramos de que la Ciccone iba a rodar el remake de una película italiana sobre una millonaria que naufraga con un marinero en una isla desierta... ¡buff! Se nos hizo la boca agua, claro que sí. Y es que las palabras "remake", "Madonna", "náufragos" y un más que probable "comedia romántica", juntas y revueltas, son como para hacer oídos sordos a cualquier otro proyecto cinematográfico, por ambicioso que sea. Lo único que nos echaba un poco para atrás era el hecho de que la cosa viniera dirigida por Guy Ritchie. Claro que el rubiales no sólo era el director sino... el esposo de la primera actriz. Así que la personalidad de Madonna se impuso, por suerte para todos. Tardaremos mucho tiempo en olvidar las caras de señorita Pepis perpetradas por Esther en su faceta de millonaria insoportable, así como su transición a dócil fierecilla domada (transición que pergeña tan suave y sutilmente como un tampax de lija, dicho sea de paso).
Pero lo mejor de todo el asunto es que "Barridos por la marea"... nos encanta. Con alcohol o sin él, es una película que provoca las reacciones más viscerales (tal y como cabe exigírsele al cine en mayúsculas) y que, por encima de todo, nos devuelve a una Madonna en todo su apogeo petarda: bronceada, en bikini e inconsciente de lo que estaba haciendo. De acuerdo, no es "Who's that girl?", pero sigue siendo una entrada por la puerta grande en la madurez kistchnematográfica como artista. Para rematar, y una vez más, la película fue avalada por un suculento palmarés en la edición de los premios Razzie de aquel año.

Y hasta aquí llega nuestro recorrido por la carrera de la Estrella Fílmica Definitiva. Obviaremos el divertimento que le supuso doblar a uno de los diminutos protagonistas de "Arthur y los minimoys" no porque nos parezca una chorrada del todo, sino porque nos parece poco valiente escudarse en unos dibujos animados. Así pues, ¿qué será lo siguiente? Confiamos en el arrojo de nuestra heroína y, sobre todo, en su olfato impecable para encontrar la mierda que más huele. Cosa que, sobre todo tratándose del Hollywood actual, es mérito suficiente como para ganarse una estrella de honor en el Paseo de la Fama. ¡Esther, confiamos en ti!

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