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Si Van Gogh levantara la cabeza...
Por Hernán Migoya

Ilustración: Charuca.net

Al contrario de lo que pueda parecer, el País Vasco es una tierra que no sólo produce terroristas o héroes del ciclismo con cara de montunos. A esa particular nación pertenecen los mejores directores cinematográficos del momento en... ¿cómo decirlo?... ...¿España? (Juanma Bajo Ulloa, Daniel Calparsoro, Álex de la Iglesia, Julio Medem, Koldo Serra... será que por allá tienen cosas que contar), así como el grupo de pop estatal más deslumbrante de los últimos veinte años.

El que nos ocupa. Desde los buenos tiempos de Mecano no pasaba esto: un grupo autóctono capaz de hacer buenas canciones. Así de simple.

Pocas veces he hablado de La Oreja de Van Gogh en presencia de amistades o conocidos, porque en el entorno en que me muevo o me mueven se considera de mal gusto hacerlo (como no sea para cagarte en ellos, claro).

Siempre recordaré un par de comentarios íntimos que oí sobre el grupo: para una amiga muy querida y experta en el tema musical, la banda de Amaia no le acababa de convencer porque le sonaban un poco a Mocedades (no deja de tener razón: ese sonsonete de fórmula premeditada y circular, esa voz educada de niña buena que gusta a todas las madres).

Pero la anécdota que no se me va jamás de la memoria tuvo lugar durante la comida que compartí con la líder (ahora ex) de uno de esos grupos repugnantes de pop insípido (algunos lo llaman pop inteligente) y voces femeninas estridentes y estúpidas que los sellos indies y las revistas cool intentaron imponer en la segunda mitad de los 90, por suerte con resultados nulos.

La chica empezó a despotricar contra La Oreja de Van Gogh (yo aún había oído apenas a los susodichos, no sabía muy bien siquiera de quién me hablaba) echando mano del típico argumento contra los grupos prefabricados: que si la cantante en realidad no cantaba, sino que lo hacía otra desde el anonimato contractual; que si los músicos eran todos de estudio, porque los miembros oficiales eran unos negados; etc. etc. Yo estaba a punto de replicarle que nunca me importó demasiado si en Boney M el negro zumbón y marchoso cantaba o no realmente, porque lo que me gustaba eran las canciones (y el negro zumbón presuntamente impostado!!!); lo mismo para Milli Vanilli.

Pero, sin ponerme tan radical, simplemente podía haber aducido que entre un supuestamente falso grupo como La Oreja o un grupo verdadero como el suyo, donde todas las voces y acordes eran realmente las de sus miembros y realmente horripilantes, me quedaba con el falso grupo sin dudarlo.

Y algo debía de tener ese grupo prefabricado, pues al contrario que la mayoría, llevan ya más de cinco años triunfando.

En el mismo período de tiempo, mi amiga se retiró para trabajar de dependienta y ahora se la chupa al primero que le sirva una raya en bandeja. Así son las cosas.

Sí, algo deben de tener estos melosos donostiarras.

-BALBUCIENDO MELODÍAS

En 1998 ve la luz el primer CD de La Oreja. Sus componentes son Amaia Montero, la pícara solista regordeta con la empalagosa belleza de la cerdita Peggy y mirada soñadora de cómic; el guitarra Pablo Benegas, quien junto a Xabi San Martín y la propia Amaia irá tomando protagonismo en la composición y letras de sus canciones con el grupo ya consolidado; a los teclados el susodicho San Martín, un melómano que aportará los mayores hits de La Oreja (y cuyas extravagancias retro con el moog y los sintetizadores conforman el mayor grado de originalidad sonora en el grupo); y el bajo Álvaro Fuentes y el bataca Haritz Garde, cuya contribución parece básicamente instrumental y emocional.

Pero la relación del grupo debe de ser buena, pues hasta el momento no se ha producido deserción alguna (espero que no me jodan ahora en el intervalo entre que esto queda escrito y sale publicado).

¿Y cómo es DILE AL SOL? Pues sorprende que un grupo de base tan sencilla y tan pocas pretensiones artísticas (que no melódicas) se haya convertido en la máquina de hacer dinero que es ahora. La Oreja de Van Gogh hace un pop de toda la vida, sin grandes alardes técnicos ni sonoros, con batería, bajo, guitarra, sintetizador y voz, y poco más (por suerte, los arreglos son cada vez un poquito más arreglados): podían haber competido en los 80 con otras bandas donostiarras, como Duncan Dhu: de hecho cuentan en ese primer trabajo con la colaboración de Mikel Eretxun quien, reconozcámoslo, puede producir dentera nada más oírlo, pero es responsable junto a Diego Vasallo de algunos de los pocos discos a tener en cuenta de los sobrevalorados 80 españoles (por destacar, destacaría su espléndido e injustamente valorado AUTOBIOGRAFÍA).

DILE AL SOL también se beneficia (o así debería ser) de la intervención de Txetxo Bengoetxea (el de 21 Japonesas), pero al pobre le toca participar en las canciones más horribles del repertorio, así que poco se nota.

Y es que DILE AL SOL es el típico debut con tres o cuatro singles prometedores y otros tantos temas de escucha imposible: si bien para cualquier amante de la música ninguno tendría pase, para un servidor resulta muy atractivo parte del conjunto, básicamente los sencillos El 28 y Pesadilla, cuyas melodías enganchan a la primera.

Es fácil comprender pues su inmediata pegada en el público español (más de 800.000 unidades vendidas en todo el mundo), aunque puede que también contribuyera en aquel momento la sequía de grupos nacionales con verdadera pegada y un repertorio decente (de ellos nos tenemos que ir a ¿Los Planetas? Demasiado nivel ya).

Y una letra como la de la simpática Qué puedo pedir (la tercera más destacable junto a El libro, lo cual no es mucho) es razón más que suficiente para otorgarles un sólido grado de confianza. Atención al estribillo: “Dime qué puedo pedir, no tienes, no tienes nada que me haga seguir, te falta un shu shu o un qué sé yo, te falta, te falta gracia cuando hablas de amor” . No se me ocurre una manera más elocuente de definir lo que es una canción pop.

Esa letra es pop puro, y hacerlo en castellano no es nada fácil: no me valen las patéticas confesiones amorosas disfrazadas de arrebatos teresianos de Amaral (ahí está un ejemplo de artista que se cree más inteligente de lo que es, lo cual en el pop resulta un pecado mortal) ni la basura sentimentaloide con letras de juzgado de guardia y amaneramiento de falso romántico de Maná (Vicente Fox debería fusilarlos por enmierdar con su existencia el buen nombre de México, son el equivalente musical de Paulo Coelho). Amigos, os falta el ingrediente clave para un buen artista pop: ese ingrediente es DESENFADO. Y La Oreja de Van Gogh van sobrados de eso.

Pero la mayoría de sus letras primerizas se las traen, a decir verdad. En el material de relleno de DILE AL SOL (la sonrojante La estrella y la luna, Viejo cuento o La carta), destacan perlas de la literatura que yo aún no he podido entender en su literalidad (ni en su construcción semántica).

Sirvan como ejemplos un dislate temporal ( “Comenzó meciéndonos el mar, el mundo dormía ahora” ), referencias de pacotilla ( “Como dijo aquel genio esta vida es un sueño, y soñaré ”, de, claro, Soñaré) o el inicio de Dos cristales (“Personas que desean que el cosmos se haga normal, personas que imploran que no lo sea ya”). No entiendo nada.

Si a ello le sumamos la voluntaria ingenuidad de la mayoría de sus devaneos líricos y su empecinada militancia en las filas del romanticismo bobalicón (“ Y paseé por mi mente y encontré aquel rincón que te dejé, donde guardo los momentos que no olvidé”, de El 28 . O “ El atardecer sentado en mis rodillas se come una naranja ”, de Lloran piedras; aunque, bien pensado, cursiladas como éstas les encantan a los modositos críticos barceloneses cuando las prorrumpen otras formaciones que parecen “premetidamente” cursis), entenderemos por qué su mera mención levanta tantas ampollas o simple mutis en la prensa especializada.

Sí, la mayoría de sus letras son subnormales, pero no más que las del garrulazo de Fermín Muguruza, y nadie se las reprocha (y no hablo de connotaciones políticas, hablo de simpleza expresiva y argumental). DILE AL SOL también contiene Cuéntame al oído, la balada que les dio el espaldarazo definitivo, y probablemente su único single que a mí no me gusta.

-EL SECRETO ESTÁ EN LA MELANCOLÍA

Y en el 2000, la locura total y más de un millón de ejemplares vendidos; y es que EL VIAJE DE COPPERPOT es de esos trabajos que rezuman singles a tutiplén: no sólo confirma el talento de la banda para conectar con el público (su vocación siempre ha sido la de grupo de masas), sino que, merced a la producción de Nigel Walker (sustituyendo a Alejo Stivel), su sonido gana muchísimo en matices y atmósferas: al menos consiguen avanzar unos pocos años más allá de los 80.

El envoltorio, precioso: las fotos de Ricky Dávila impregnan el libreto de ese bucolismo y amaneramiento pop que uno se encontrará dentro, además de consagrar a Amaia como diva divinísima del pueblo llano (esa carita de pan Bimbo con ojos tristones, esos piececitos deliciosamente desnudos en la contraportada...).

Y es que pocos discos salen cada década que puedan nutrir así de canciones enseña las emisoras de radio (¿recordáis el FAITH de Jorge Miguel?): EL VIAJE DE COPPERPOT fluye imparable en sus cinco primeros temas (con referencia a La Buena Vida incluida), especialmente el tercero y el cuarto (París –la capital francesa también inspiró Una calle de París, quizá la mejor canción de, again, los Duncan Dhu- y La Playa), que establecen definitivamente su orientación sonora y discursiva: la melancolía y la añoranza recorren sus piezas como traje a medida, no necesariamente desesperanzadas, más bien con regusto a masoquismo feliz.

El segundo corte, Soledad, recuerda un poco las tonadillas de Heidi; La playa comienza clavadita a una canción de José Luis Perales (cuyo nombre figura por cierto en los agradecimientos; al César lo que es del César, claro que sí); y Pop raya el ridículo con convicción (desde el “Sombra aquí y sombra allá” de Mecano no había oído nada tan estúpidamente sagaz como este “ Tienes talento y cultura, manos bonitas y estudias francés, cantas, actúas y pintas, escribes poemas, todo lo haces bien, has nacido artista, lo sé, se te nota en la cara, tienes mucho poder ”): ja ja ja, hace falta arrojo, sí, y sin embargo, todas las mencionadas son canciones estupendas.

Con Dicen que dicen el nivel baja un poco (o es que siempre me ha dado asquito cualquier referencia a La bola de cristal, programa tremebundo para cualquier infante sin filiación política), y retornamos a una merecida autocomplacencia con la delicada y bella Mariposa, que yo creo condensa en sus cuatro minutos las mejores cualidades del grupo, aportando su melodía más etérea y onírica.

La chica del gorro azul nos regala un estribillo tonto de sílaba repetida, de esos que tanto nos gustan (y que ha acompañado la sintonía del programa rosa de TV Corazón, Corazón). Y con los últimos cuatro temas oficiales (existe un bonus track titulado Tic Tac, tocado en una sola toma, que no está nada mal), la cosa ya deja bastante que desear: Tu pelo es una canción decente, pero parece un descarte o variante de Soledad; y el resto es prescindible. En todo caso, uno de los pocos discos de pop chicle español que merece la pena de los últimos años. O el único.

-HIPOGLUCEMIA AGUDA

Y en 2003, con toda la tranquilidad del mundo, aparece el tercer CD, con el acertado título -bautizando una foto de Amaia echando la siesta- de LO QUE TE CONTÉ MIENTRAS TE HACÍAS LA DORMIDA (yo hubiera sustituido el “conté” por un “hice”, pero supongo que nuestro público objetivo no coincide).

Quince cortes (si contamos el tema extra, que además es uno de los mejores, una inusitada incursión dance pop que debería triunfar en todas las pistas de baile si no se anuncia quiénes son sus responsables) de muy diferente signo: se pierde un poco la identidad atmostérica de EL VIAJE DE COPPERPOT, en un giro que podría definirse como “ecléctico” si la ambición musical del grupo fuera mayor, pero sigue sorprendiendo el aluvión de melodías pegadizas y la clarividencia con que elaboran las canciones.

Apenas sobran dos o tres (Adiós, Perdóname o Nadie como tú), y el resto discurre con una decisión y aplomo dignos de elogio: cuando en la mayoría de discos pop nacionales las canciones copian patrones mil veces hollados, se pierden en devaneos estériles o intentan ganar tiempo disimulando su falta de rumbo, La Oreja lanza temas que avanzan sin pausa ni pérdida de tiempo hasta agotar todos los estribillos y giros aprovechables.

Sus composiciones saben perfectamente adónde van y hacia dónde progresan. Falta de unidad estilística en su tercer trabajo, es probable: pero también algunas de las mejores canciones y letras que han regalado a su repertorio: Rosas es probablemente la mejor de su discografía, una acaramelada y preciosa canción de amor (“ En un día de éstos en que suelo pensar hoy va a ser el día menos pensado... Y es que empiezo a pensar que el amor verdadero es tan sólo el primero, y es que empiezo a sospechar que los demás son sólo para olvidar ”) que Antonio Machín hubiera interpretado con mucho y muy buen gusto (en todo caso mejor que su “ Mira qué sabroso camina, así de medio lao, comiéndose un helao ”); Vestido azul es otra implacable, impecable y extremadamente gustosa historia de desamor, que por cierto abundan aquí y más amargas de lo habitual en estos chicos (“ He rasgado mi vestido con una copa de vino o tu amor corta como el cristal ”); e Historia de un sueño supone un delicioso y naïf cuento de fantasmas, una versión kistch (¿más kistch todavía?!!!!) del film Ghost.

Entendámonos: es cierto que la babosidad y el azúcar brotan a borbotones; pero ellos lo aceptan y convierten en una de sus mayores virtudes.

El resto de temas está despachado con una cada vez mayor profesionalidad: en Tú y yo se acercan efectivamente al universo Mocedades fase Juan Carlos Calderón, con esta especie de La guerra de los Rose de sangrante y sorprendente letra (“ Mírame y dime qué es lo que ves. Y ahora mírate, y dime en qué se parecen A y B... Ni tú y yo salimos con vida de esta canción ”); La esperanza debida es el típico himno Freixenet que casi todos los grupos de pop comercial acaban expeliendo (ahí están las Spice Girls con su Viva Forever); Geografía también entra a saco, como es habitual en los últimos años en el panorama casero, en el sonido Los Rodríguez (si hasta El Canto del Loco se apropia de ellos, ¿por qué no La Oreja?); etc.

Es cierto que el timbre nasal de Amaia puede llegar a empalagar o irritar a cualquiera, o incluso a resultar insufrible; y lo mismo ocurre con esos arreglos provocativamente infantiles, como de instrumentos de juguete; y las melodías y letras absolutamente adolescentes.

Tampoco sabemos cuáles son las ambiciones artísticas reales de La Oreja de Van Gogh ni lo que durarán como formación (espero que mucho, Amaia, compadécete de nosotros, no queremos otra Ana Torroja suelta por ahí, y los cinco juntos estáis fenomenal); pero una cosa es segura: la banda sonora española del final y comienzo de milenio ya tiene su principal proveedor en este grupo, mal que les pese a muchos.

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Abril 2005

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