La Isla Bonita
Por Jimina Sabadú
Madonna, reina del pop, actriz, modelo, compositora, cantante, productora, escritora, mariliendre mediática, forofa de Cristo primero y de Moisés después, antiabortista, pro-mitos argentinos, chica Marilyn, machotona de gimnasio, esposa amantísima, madre desvivida por Lourdes María la niña bonita, tía sexy en general, mito gay, diva de las remezclas, reinventora de sí misma y de los demás, eterna seguidora de vanguardias, copiota de narices, acosadora de la esquimal Björk, lésbica amante softcore de la anoréxica Christina, consejera de las mini-diosas de ébano Cleopatra y némesis de la looser Mariah Carey, ocasional estudiosa del flamenco y de lo que se ponga por delante que salga en la portada del Vanity Fair...
Son decenas los epítetos y, a veces, eufemismos que se le pueden dedicar a la Ambición Rubia ( y subiendo...), pero la verdad es que a sus cuarenta y muchos, esta wannabe de Michigan, con sus peras a lo Dolly Parton, ha vuelto a ponerse en boca de todos con ese discazo que es “Confessions on the dance floor”, cuya mayor virtud es que prescinde de sus babosas baladas y que va directamente a lo que le gusta a su público –de ahora- : el baile.
Pero la historia de la Ciccione va mucho más allá del “Hung up” y de los videoclips con gente de muchas razas haciendo como que están en un spot de Nike.
Madonna, con tanto cambio de camisa y de peinado, se ha columpiado guapamente en más de una ocasión. Una tipa capaz de ganar un Razzie por “Dick Tracy” y de ser nominada a un Globo de Oro después con “Evita” (mérito que comparte, casi, con Halle Berry, una pedorra de la que algún día os hablaré en profundidad) es cuando menos digna de ser abierta en canal y estudiada con precisión forense.
Para mí al menos, una fuente constante de errores son sus videos, precisamente. Y el que a continuación va a ser analizado es el peor que le han hecho nunca. Porque Madonna es sin lugar a dudas una oportunista, pero no está demostrado, para nada, que tenga buen gusto.
“La isla bonita” fue lanzado como single en 1987, y la portada no anunciaba nada más que catástrofe: una tipografía como la de la franquicia “La cantina mexicana” (esa que tenéis en los malls de vuestra localidad, donde te ponen margaritas industriales) mezclada con la promoción azteca de Viajes Halcón, junto a una foto de la diva maquillada en plan putón (la época...) con un sombrero de rejoneador. O de rejoneadora. Se intuye que está desnuda con ese sombrero, emanando esa sensualidad hispana tan normal por aquí ¿A vosotros os entran ganas de echar un kiki cuando emiten “Tendido cero”? Pues a mí tampoco. Ni a nadie que conozca. Pero eso era algo que Madonna ignoraba.
Ella sólo sabía, en el año 87 (como intuyó Cher en el 98 al lanzar “Dove l’amore”) que lo hispano y lo latino son una misma cosa: un saco sin fondo en el que caben todos los tópicos de las naciones no ya de habla hispana, sino de lengua romance en general. Puerto Rico, Portugal, España, Italia, Grecia, Malta, Méjico, Colombia, Cuba...todo es lo mismo. Un punteo de spanish guitar, un poncho andino, mi mono Amedio en el hombro, “olé”, “arsa pilili”, atardecer en el Caribe, toros, paella, tortilla de patatas. Da gusto saber que hasta las más grandes estrellas consideran que somos poco más o menos lo que quedó de Villar del Río el día que Mr. Marshall pasó de largo.
La canción de “La isla bonita”, que ya de por sí es chunga, palidece en atrevimiento y salero demenciado cuando llega el visionado del video.
Para realizarlo, en plena explosión MTV, los de la Sony recurrieron a Mary Lambert, una directora bastante así ( y con “así” quiero decir lamentable) que había dado en el clavo dirigiendo “Material Girl”. ¿Y eso? Pues haciendo suyos los logros de Hawks en la memorable declaración de intenciones de Lorelai Lee en “Los caballeros las prefieren rubias”. Una puesta en escena bonita, luminosa, pero que perdía todo el fuelle de la película original. Los clásicos son clásicos por algo, y si hoy día recordamos ese video con placer es porque el tiempo reblandece cerebros que da gusto. Pero lo que más se escuchaba en su día era eso de que “Madonna se cree Marilyn, la pobre, ¡Más quisiera!”.
Pero claro, lo de “Material Girl” fue casualidad, y la Lambert demostró el mismo buen hacer en “La isla bonita” que en “Pet Sematary”, es decir ninguno.
El video paso a paso
Como en la Súper Pop en su día, que antes de youtube te ofrecía capturas de los videoclips más de moda explicando lo que sucedía en aquellas imágenes casi siempre muy masticaditas ya, voy a hacer yo lo mismo, con la promoción de La Mesa Camilla.
Vemos y escuchamos unos bongos. Un instrumento muy español. El plano se abre y vemos a unos bailarines disfrazados de latinos de barrio organizándose para bailar. Porque a la gente pobre y latina le flipa bailar por la calle. No les importan las posesiones materiales, sólo quieren bailar y meter la chorra en caliente, para eso tanta salsa y tanto merengue. Se oye un punteo de guitarra española. Para que notemos el ambiente evocador de Hispanamericalatina y olé.
Coches rotos, señora gorda, basura no recogida que seguramente esté apestando la calle, y un melenas que es el que toca la guitarra, mirando intensamente hacia el edificio de enfrente....
La voz de Madonna habla un español aprendido fonéticamente que dice algo así... “Cómo puedes evitar...” . Entramos a través de unas cortinas feas de narices y la vemos a ella, toda lánguida, sentada en una silla. Quiere recordarnos a Dalí pero parece la madre de Norman Bates.
“Last night I dreamt of San Pedro”. Recuesta la cabeza (peinada con gomina) y la imagen funde a algo que parece El Escorial en verano.
A partir de ahora, frase por frase, el videoclip reproduce lo que dice la letra, sin darle más vueltas ni complicarse la vida.
Durante unos segundos, más que una producción seria de una artista de renombre, el video se va por unos derroteros tan de karaoke que no sé cómo no viene abajo la letra en florescentes y se va rellenando: atardeceres de banco de imágenes, el rostro de Ella en el horizonte, playas desiertas bañadas por la dorada luz del atardecer... ¡uf! Y una especie de bodegón con fotos de lo que se supone que fue la vida de la protagonista en San Pedro (la Isla Bonita del título).
Y volvemos a Madonna. Mirando a cámara ( “aquí no nos andamos con hostias”, diría Mary Lambert) habla de la naturaleza salvaje de la isla que la embelesa. En contraprestación, observamos el físico y el arreglo de la cantante, que se ha pasado de la raya con el ejercicio cardiovascular y que, mientras quiere transmitir ternura, nos dice con la mirada “como te rías de mi vestido te arreo una tollina”. No diré más.
Momento Dalí. De nuevo. Momento Hulka. ¿O un descarte de un anuncio de hormonas masculinas? Nunca sabremos la verdad. Pero Ella mira por la ventana y le sale un lagrimón al ver al macizo tocar la “spanish lullaby” ahí en el banco.
Al volver al piso, Ella se ha flipado ya. Cree que está de nuevo en la Isla Bonita, y por eso, como en todas las casas del Caribe, el parqué ha sido sustituido por un terrazo geométrico y la luz eléctrica por velas, que dan más ambiente y son más baratas. Pero velas como para dejar suave a un ejército de masoquistas. Y Madonna ya no lleva un vestido de viscosa azul-grisáceo. Ahora lleva un traje folclórico de algún remoto lugar de la galaxia cuya cultura está basada en la de Valencia, Santo Domingo, Sevilla, Murcia, el Moulin Rouge y los saloons del Oeste en las películas. Ella se arranca con una muy personal interpretación de los pasos de flamenco, y sigue diciendo no se qué de que se enamoró de alguien y sonaban las guitarras y seguramente esa noche bebió demasiado. Con bits en español y todo, esos “Te diho te a-amooooo”.
Acto seguido, no sabemos si para refrenar el impulso salvaje de volver a la isla, o para hacer honor a la espiritualidad estilo tourtiia dei patatas se pone a rezar el rosario. Intuimos que le da a los Ave Marías pero que está pensando en la juerga, como demuestran los planos de ella misma, otra vez, sacudiendo esa falda cancan-Vampira como si fuera una bata de cola.
Mientras, en la calle, se ha montado una rave latina de agárrate y no te menees. Está todo lleno de pandilleros, jóvenes y mayores, muchos de ellos con el torso descubierto (porque a nosotros, los latinos, nos encanta ir con el pecho al descubierto en cuanto suena el primer bongo por la calle). Fijaos, por cierto, cómo en éste video, como en casi todos los de Madonna, nunca sale una chica que la pueda hacer sombra ni remotamente. Todas son más viejas, o más feas, o más bajitas, o más gordas, o más cetrinas que ella. O todo a la vez.
“When it’s time for siesta you can watch’em go by” es quizás mi frase favorita de la canción.
En el piso, mientras, que ya se ha transformado ( gracias a su poder telequinético tal vez, o a los súper poderes de la Virgen María quizás) en una réplica exacta del que tenía en San Pedro, ella se tira por el suelo, ahíta de pasión y melancolía. Otro plano del Escorial. Otro plano de ella rezando.
Ella vuelve a mirar por la ventana, ataviada como al principio. Creo que esto se debe, más que nada, a que tenían que llenar tiempo y en montaje se dieron cuenta de que poner otra vez el atardecer ese de culebrón venezolano no colaba. Así que una vez más, desde distingo ángulo, el mismo acting con la misma letra (que por supuesto, se repite como el gazpacho, que también es muy español).
Y por fin, a punto de llegar al climax (a la tercera repetición del estribillo), Madonna se dice a sí misma “¡¿pero qué coño?!” y saca el traje este folclórico que tenía guardado en el armario, de cuando le dieron el alta en el cotolengo, el mismo que usa para repartir tortitas de maíz en el Día del Orgullo, y se echa a la calle a bailar con los colgados estos.
Su llegada, por supuesto, es celebrada con entusiasmo. Ella baila mejor que nadie, todos la corean y le siguen el rollo. Porque como buena sajona, es llegar a una cultura nueva y conquistarla. El viejo tema de “Un yanki en la corte del Rey Arturo”. Qué listos son ellos y qué tontos todos los demás. Bueno, ellos hacen Cadillacs y nosotros SEAT, eso sí. Además, no deja de ser curioso que ella haga un cruce flamenco-sevillanas y ellos sigan con el merengue.
Se va bailando como una loca por la calle mientras la fiesta ya es imparable. Es que lo llevamos en las venas, caray.
Y Madonna, mirándose a sí misma por la ventana (no sé si porque está loca, si porque no hay continuidad ninguna, o si es porque en realidad es una historia de hard sci-fi) levanta la vista a cámara (ahora es un picado) y dice, en ese español tan fonético “Él diho quei te ama”, para despejar incógnitas sobre el significado de estos cuatro minutos que parecen la pesadilla del dueño de una tienda de recuerdos de La Rambla.
En fin, que quedaba mucho todavía para que llegara Cunningham a hacerle el “Frozen”. Y que yo admiro mucho a Madonna. Pero no la admiro por sus canciones buenas o por esas giras tan espectaculares, no. La admiro porque cuando patina, patina de verdad. Como cuando baila flamenco.
Como dirían en Villar del Río:
¡Americanoooooos, os recibimos con alegría!
¡Olé Madonna, olé mi madre, y olé tu tía!
Descárguese aquí el PDF con el mítico póster que la SuperPop regaló con las imágenes de este espantoso "trabajo de Madonna" |