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Adrian Lyne:
Muchísimo mejor que Orson Welles

Por Gabbo Fritzpatrick

El nombre no es familiar para muchos, pero si se mencionan “Flashdance”, “Nueve semanas y media” o “Una proposición indecente”, mencionamos una parte de nosotros mismos. Todas estas películas tienen en común el nombre de su director, el visionario Adrian Lyne, un señorito inglés que comenzó su carrera rodando anuncios de zapatos y juró ante Dios que nunca jamás, aunque llegase a triunfar en Hollywood, dejaría de rodarlos.

Sus películas tienen todo lo que gusta a un espectador en sus cabales:

 

1. Sus protagonistas son siempre guapos y adinerados, pero con un toque decadente, como vivir en el barrio chino o comprar pañuelos en las ferias.

2. Todos ellos tienen uno de esos ascensores antiguos de almacén, más montacargas que otra cosa, y todos follan en él. Rara vez se folla en la cama en una película de Adrian.

3. Todos tienen un perro muy bonito que suele ser el personaje más cuerdo de la historia y juzga en silencio.

4. Siempre salen planos de pies, quietitos o corriendo. La obsesión de Lyne por los pies debería ser fruto de tesis doctorales en las mejores universidades, y no chorradas sobre el calentamiento global.

5. Cuando alguien se sirve una copa, pone el café al fuego o echa cerecitas en el cóctel, Lyne necesita veinte planos para ilustrarlo. Cuando follan, le basta con uno.

 

6. Sus películas suelen ser misóginas a más no poder, pero están rodadas con la clase y gusto necesarias para que las señoras corran al cine y sueñen durante dos horas con que Robert Redford las prostituye, Michael Douglas las utiliza o Mickey Rourke las pone mirando a Cuenca.

 

FLASHDANCE

Lyne había comenzado su carrera dirigiendo a una principianta Jodie Foster en “Zorras”, pero no conoció el éxito comercial a la tremenda hasta su segundo trabajo, “Flashdance”.

 

“Flashdance” es un delirio para los sentidos, un larguísimo videoclip en el que curiosamente podemos ver, entre baile y baile, a algunas de las chicas intercambiando breves y básicas líneas de diálogo entre ellas, gracias a un guión a cargo del por entonces jovenzuelo Joe Eszterhas. ¿Recordáis cuando Britney deja de bailar en uno de sus vídeos para ponerse a hablar con un astronauta, que no viene a cuento pero tampoco molesta? Pues el efecto es parecido.

 

Joe se convertiría posteriormente en el guionista mejor pagado de la historia gracias a “Instinto Básico” y “Showgirls”. Es una pena que este encuentro entre dos titanes, Lyne y Eszterhas, se tuviese que producir en un momento tan temprano de la carrera de los dos, en los que ninguno había definido aún su talento. Aún así, nunca es tarde, y ese momento aún puede llegar.

 

La trama: “Flashdance” cuenta la historia de Alex, una fantasía sexual masculina hecha carne que trabaja como soldadora de día y como bailarina en un club de noche. Es un club muy especial, un antro de carretera con una clientela formada mayormente por camioneros, cazapilinguis y gente lumpen, pero aún así no se escatiman medios en ningún número musical, hechos con canciones super gays, coreografías trabajadísimas y con mucho cuidado para que no se vea ni un solo pezón. Y aún así, ni uno solo de los camioneros se queja, tira cosas al escenario o intenta violar a ninguna de las chicas. Todos los moteros que se meten en ese antro van a ver arte, no tetas.

 

El asunto es que Alex empieza a estar un poco hasta el coño de trabajar en el club y decide presentarse a las pruebas para acabar con esa vida avergonzante y ser bailarina profesional en el Conservatorio de danza de Pittsburgh. Mientras se prepara para ello, se folla a su jefe, asiste con tristeza al fracaso de una buena amiga suya en un torneo de patinaje y al final le dan el puesto. Y esto es todo.

 

Así contado puede sonar fatal, pero es ahora cuando hay que intercalar el númerito de “He's a dream” con el recurso de la ducha-cisterna en el escenario del club; el numerito del patinaje con la canción “Gloria” de nuestra llorada Laura Branigan; el impactante baile en casa a ritmo de la imprescindible “Maniac”, de Michael Sembello; los momentos de girl talk en el gimnasio mientras se ejercitan con “I love rock and roll” de Joan Jett como fondo y, por supuesto, el ya clásico baile final a cargo de “What a feeling”, de Irene Cara, en una escena mil veces imitada y parodiada pero que nunca superará a la original, en la que un bailarín algo travestorro doblaba a la pobre Jennifer Beals, que sólo sabía dar vueltas sobre sí misma pero se asustaba a la hora de moverse con más enjundia.

 

Flashdance fue un éxito en la cartelera y dio un empujón a todos los que participaron en ella: Adrian Lyne, Joe Eszterhas, los productores Simpson/Bruckheimer (reyes del blockbuster en los noventa, aunque sólo uno salió vivo de la década); a todos, en resumen, menos a Jennifer Beals, que tuvo que esperar veinte años para que le dieran un papel de bollera (en “The L word”) que la devolviese a la actualidad.

 

Escena clave: Alex invita a cenar a su casa a su jefe y le dice “a veces cierro los ojos y puedo sentir la música” mientras se quita el suje sin sacarse el jersey. Es uno de los momentos eróticos cumbre de los ochenta que todos hemos ensayado en casa. El jefe obviamente no hace ni caso a lo que dice la nena y muestra síntomas de una incipiente erección.

 

Diálogo para recordar: durante el entrenamiento de las tres amigas en el gimnasio que parece un stand de Arco:

 

TINA: (tras una contracción de pectoral): No me llamó.

ALEX: (tras un abdominal): Llamará.

TINA: (pectoral) No lo creo, Alex.

ALEX: (abdominal) Llamará.

TINA: (pectoral) Pffff. No sé.

LA AMIGA NEGRA: (levantando el dedo índice y agitando mucho la cabeza mientras se le mueven los pendientes de aro) Llámalo tú y dile ‘hola, muñeco, ¿¿pero qué pasa contigo, tío?? O te decides o llamo a otro porque de lo contrario se me van a formar telarañas donde tú ya sabes'. Anda, niña, llámalo y díselo ya.

TINA: ¿Sí? ¿Crees que debo hacerlo?

LA AMIGA NEGRA: ¡¡Dios mío, así no se puede ir por el mundo!!

 

Finalmente, a Tina no le llama nadie y además se rompe la crisma patinando.

 

 

NUEVE SEMANAS Y MEDIA

 

“Nueve semanas y media” inaugura una era en la filmografía de Adrian en la que todas sus películas se caracterizarán por levantar polvareda allá donde se estrenan, por sus escenas de sexo y por su cutre tratamiento de la figura femenina, que enfurece a feministas y lesbianas de todo pelaje y color y nos fascina al resto. Lo más curioso en este caso es que “Nueve semanas y media” está basada en una novela escrita por una mujer, con espíritu bastante feminista y que recibió buenas críticas en su momento de publicación.

 

De todos modos Zalman King, guionista de la película y que se convertiría posteriormente en el rey del softcore, que le llaman, con cosas como “Orquídea salvaje”, convirtió esa historia en algo de lo que más tarde la autora de la novela echaría pestes y declararía sentirse avergonzada.

 

La trama: Elizabeth es una galerista de arte muy hermosa pero algo estrecha, de vida gris desde que lo dejó con su anterior pareja, que divide su vida entre su lugar del trabajo y el chino al que va a comprar huevas de pescado. Es en este chino donde conocerá a John, yuppie de los que ya no quedan y que está como un tren, que vive en un loft horterísima súper de su tiempo (de los que gracias a Dios tampoco quedan) y, sobre todo, que la folla de todas las maneras habidas y por haber en una relación extraña y autodestructiva. Si en “Flashdance” había que recordar los números musicales, aquí será bueno recordar los momentos sexuales:

 

- cuando él tumba a Elizabeth en la mesa, le pone un pañuelo sobre los ojos y le pasa cubitos de hielo sobre los pezones.

 

- cuando él coloca a Elizabeth frente a la nevera, de nuevo cegada con un pañuelo (¡qué obsesión!) y le da de comer todo tipo de alimentos. Hay que decir que tener la nevera abierta durante tanto tiempo es un gasto enorme de energía que seguramente John vio reflejado en su cuenta de luz a final de mes y que a Al Gore no le gustaría nada.

 

- cuándo él le ordena que se masturbe todos los días a las doce pensando en él y ella, ni corta ni perezosa, se hace un dedo en la galería de arte mientras ve unos cuatros muy feúchos. Para que luego digan que las galerías de arte son lugares aburridos.

 

- cuando van corriendo corriendo corriendo a lo alto de una torre de la ciudad para follar por todo lo alto y suena “Slave to love”, de Brian Ferry. Nunca otra escena mostró con tanto realismo ese momento “es que nos ardía el coño” vivido por toda pareja sexualmente activa.

 

- cuando ella hace un striptease ante él al ritmo de “You can leave your heat on”, de Joe Cocker, y acaba desnuda en la escalera de incendios. Es la escena más famosa de la película y ha provocado que en la actualidad el sonido de la canción vaya acompañado de innumerables borrachos desabrochándose la camisa. Según el borracho, eso puede ser excitante o desesperanzador.

 

- cuando él le ordena que se vista de hombre y follan en las escaleras de un callejón bajo el agua de la lluvia, para luego salir huyendo porque unos macarras les gritan “¡¡maricones!!”. Esta escena tiene muchas lecturas, todas ellas bonitas y positivas.

 

- finalmente, cuando él la cita en un hotel para que se toque con una puta sudamericana que la llama zorra e hija de la gran chingada. Esto ya es el colmo para Elizabeth, que se va corriendo y se mete en un sex shop con cabinas y se roza con unos cuantos hombres ante los ojos de John, para demostrarle que ella puede ser mucho más puta de lo que se le ocurre a él.

 

“Nueve semanas y media” es una historia hermosísima sobre la desesperación y el balance de lo bueno y lo malo que nos aportan las cosas. Así, Elizabeth decide al final que lo bueno que está Mickey Rourke, lo bien que se lo come y el pisazo que tiene no es suficiente como para aguantar sus desplantes y lo mucho que la hace de sufrir.

 

Tampoco hay que olvidar que la propia Kim Basinger nunca ha estado más buena, y es que su estilista en la película se merece un diez por haber logrado reflejar estupendamente ese aspecto de recién follada: el pelo revuelto, ojeras de mucho felar y poco descansar, las líneas de expresión bien marcadas, la mirada perdida mientras se dibuja media sonrisa en la boca porque ella nunca pensó que llegaría a hacer esa práctica sexual prohibida en trece estados…

 

La leyenda dice que Adrian Lyne, siempre sabio, ordenó que Kim Basinger no viese nunca a Mickey Rourke más allá de las escenas que debían rodar juntos, para lograr ese aspecto de acojonada que tiene Kim durante toda la película. De la misma manera se extendió el rumor, por parte de Kim y varias amantes del actor, de que no era muy amigo de ducharse, así que también puede haber sido eso lo que contribuyó a que siempre que Mickey la toca, el rostro de Kim Basinger sea un poema que evoca excitación al mismo tiempo que repelús.

 

“Nueve semanas y media” es un divertido tratamiento sobre el sexo y debería ser proyectada ante todos los niños y niñas de España para decirles: “y bien, ahora, vosotros sabréis lo que queréis hacer con vuestra adolescencia”.

 

Momento cumbre: en la despedida, cuando Elizabeth le dice a John que se acabó, él se pone a contarle cómo fue su infancia para demostrarle que puede cambiar. Ella no se cree una palabra y se va. Y cuando ya se ha ido y no puede oírle, él le dice por prmera y única vez “te quiero”. Pero ella ya está caminando entristecida por las calles, sola de nuevo, mientras suena el hermoso tema final de Jack Nitzsche y salen los créditos. Que uno se lo puede pasar bomba con Adrian Lyne, pero cuando llega el momento se llorar, se llora y punto.

 

Diálogo para recordar:

 

ELIZABETH: Lavaré los platos.

JOHN: No, no lo harás. No lavarás los platos, nunca más tendrás que lavarlos. Yo lo haré por ti. Haré la compra. Haré la comida. Y te la daré. Te vestiré cada mañana y te desnudaré cada noche. Te lavaré y siempre me ocuparé de ti. Podrás ver a tus amigos durante el día. Yo sólo quiero las noches, que de ahora en adelante serán nuestras.

 

 

ATRACCIÓN FATAL

 

Tal vez la película más famosa de Adrian Lyne y la que más fama, premios y dinero le ha reportado. Y también la que mejor refleja la capacidad de Adrian Lyne para convertir la escena más estúpida en icónica, dadas las mil imitaciones que han salido de “Atracción fatal” desde su estreno. De hecho, y como ha pasado con otras películas (por ejemplo “Halloween” o “Viernes 13”), estas imitaciones y parodias han restado valor a la propia película original, que permanece ahora en la memoria colectiva como un thriller de miedo y tetas cuando en su día recibió nominaciones a los Oscar a porrillo y fue alabada como un gran thriller psicológico. ¡Porque lo es!

 

Está protagonizada por Glenn Close y Michael Douglas. Michael Douglas es un ser detestable que tiene el valor de haber estado en las películas más polémicas y famosas de su tiempo pero también el aún mayor valor de ser el menos recordado de cualquiera de ellas porque hasta una piruleta le hace sombra (para muestra, todo el mundo recuerda a Sharon en “Instinto básico”, a Demi en “Acoso”, y por supuesto, a la enorme Glenn Close aquí).

 

La trama: Dan aprovecha que su mujer y su hijita lesbiana de cinco años (veinte años después continúa el debate sobre si el matrimonio tiene un niño o una niña) se han ido de excursión a la aldea para follarse a Alex, una fascinante mujer que conoce en el trabajo y que tiene las siguientes virtudes:

 

-tiene una caída de ojos sexy y una mirada penetrante y maravillosa

-está soltera y salida como el pico de una plancha

-su pelo y su cuerpo actúan por separado, nunca un cardado fue tan intenso

 

Cuando la parienta y la niña lesbiana vuelven, Dan pone fin a ese affair, pero Alex no está dispuesta a ser utilizada como un kleenex en el que ese pureta puede depositar su leche y tirar a la basura. Así que comienza una campaña de acoso y derribo contra Dan y su familia que acabará como el rosario de la aurora.

 

Alex se corta las venas, hace llamadas a casa de Dan a horas intempestivas, intenta hacerse amiga de su mujer, se embaraza e incluso secuestra a la pequeña lesbiana. Pero el mayor golpe de efecto y cumbre de la película es cuando secuestra al conejito de la niña lesbiana (no sean malpensados, es un roedor de verdad), ¡y lo cuece en la cocina familiar! Tal impacto tuvo esta escena sobre la audiencia americana que desde entonces las mujeres despechadas y molestas que te vuelven a llamar tras haber echado un polvo son conocidas como “bunny boilers” (cuece-conejos) en honor a este momento.

 

El final de la película es una de las escenas más tensas y mejor rodadas de todo el cine de Adrian Lyne y fue fruto de una enorme polémica en su día.

 

En el final original, Alex se suicidaba escuchando su pieza favorita de Madame Butterfly y amañaba las pruebas para que Dan pareciese culpable de su asesinato. Y éste era detenido, pero en un golpe de efecto final, su esposa encontraba una cinta que le había enviado Alex que podía exculpar a su marido, así que cogía a la niña lesbiana y se iban las dos corriendo a sacarlo de la cárcel.

 

UNA AUTÉNTICA MAMARRACHADA.

 

Pues bien, los tests previos al estreno de la película, que se hacen ante una gente que es más lista que el hambre, dieron como conclusión que el público odiaba ese final, así que Lyne volvió a llamar al casting y puso toda la carne en el asador. Y para la historia quedó el final que vimos en la pantalla grande: una Alex completamente desquiciada penetra en la casa de Dan y se enfrenta a su esposa en el baño, con un gran cuchillo de carnicero, mientras en el piso de abajo el imbécil de Michael Douglas le prepara un té y el ruido de la presión no le deja oír que arriba se está montando la marimorena. Cuando se cerciora, se inicia una apasionante pelea que acaba con un certero tiro de la esposa cornuda a la amante psicópata. Y no sólo a la amante psicópata, sino que, debemos recordar, también mata al futuro hijo de su marido que ésta lleva en sus entrañas. Pero ese detalle es tan escabroso que el guionista prefirió como ni mencionarlo, aunque en su día se criticó bastante ese final feliz en el que se asesinaba a una mujer embarazada (y en el que participaba el padre de la criatura).

 

En fin, que el mundo se divide entre las personas que prefieren el final original de “Atracción fatal”, que salen poco de casa y no tienen amigos, y las que prefieren el bueno, que son atractivas, amables y tienen la piel muy suave.

 

Momento cumbre: cuando Alex acorrala a la esposa cornuda de Dan en el cuarto de baño y se hace cortes en su propia pierna con el cuchillo mientras mantiene la mirada en blanco y dice “¡¡Usted no puede entenderme porque es una zorra, una zorra estúpida y egoísta!!”. Y tiene más razón que un santo.

 

Diálogo para recordar:

 

DAN: Das pena, Alex. ¿Lo sabes? Estás sola y das pena.

ALEX: ¡No vuelvas a compadecerme, cerdo presuntuoso!

DAN: ¡Sí, te tengo lástima porque estás enferma!

ALEX: ¿Por qué? ¿Porque no permito que me trates como a una puta a la que puedas tirarte y luego arrojar a la basura? Voy a ser la madre de tu hijo y quiero que me respetes.

DAN: ¿Quieres que te respete? ¡Respeto…!

ALEX: ¿Qué vas a hacer? ¡¡Porfavornotevayasnoqueríadecirlolosiento!! ¡¡¡SE LO DIRÉ A TU MUJER!!!

DAN: ¡¡Si se lo dices a mi mujer te mato!!

 

 

UNA PROPOSICIÓN INDECENTE

 

“Una proposición indecente” fue lo más importante que nos ocurrió en el 93 junto a Ace of base. Tras el éxito de “Atracción fatal”, los mandamases de Hollywood dieron luz verde a Adrian Lyne para hacer el proyecto que a él le saliera del pie. Eso es lo peor que se le puede decir a un director, pues suelen ser seres grises y raros que en cuanto cuentan de autonomía total para hacer una película van y te cuentan un coñazo de aquí a mañana. Los directores necesitan, como cualquier estrella del pop, mano dura y jefes que les digan lo que tienen que hacer, y Adrian Lyne no es una excepción. “La escalera de Jacob” fue ese proyecto personal y profundo y fue un fracaso de taquilla, así que necesitaba volver a lo grande con lo que él sabe hacer mejor que nadie: cine sobre sexo, dinero y engaño. “Una proposición indecente” es, por lo tanto, toda una declaración de intenciones, un remix, un compendio de todo lo bueno que tiene el cine de Adrian Lyne. Gente guapa, dinero, sexo, adulterio, un perro bonito, decorados caros y un cierto desequilibrio mental. En su día, el tema de la película se llegó a tratar en debates televisivos. Es gracioso que el pillín de Adrian Lyne decidiese que Robert Redford (aún de buen ver) ofreciese a Demi Moore (que estrenaba tetas) un millón de euros a cambio de follar con él, pues el 98% de las mujeres lo hubieran hecho gratis o hubiesen pagado ellas. Tal vez la historia tendría un interés añadido si el que ofreciese un millón de euros a Demi fuese Pozí, pero en ese caso dejaría de ser una película de Adrian Lyne para ser una de Alex de la Iglesia, por ejemplo, o de Cárdenas.

 

La trama: David y Diana son un matrimonio joven y feliz que se entretiene yendo de paseo, jugando con su perro y viendo largas puestas de sol en un caladero. Un par de desgraciados, vaya. Ella trabaja en una agencia inmobiliaria de baja estofa, él es un arquitecto malísimo que diseña sus casitas mientras le toca las tetas a su esposa, y así le pintan los resultados. De repente, la recesión ataca y se sumen en una crisis económica tremenda. David decide que lo mejor que pueden hacer es ir a Las Vegas a intentar jugarse su dinero. Pero lo pierden. Lo bueno de la noche es que conocen a John Gage, un multimillonario que se pone a cien con Diana y durante una partida de billar ofrece a su marido un millón de dólares a cambio de pasar una noche con su esposa. Al principio David y Diana, que son idiotas y quieren ir de dignos, se niegan rotundamente, pero esa noche se lo piensan y deciden que sí, que lo harán, sin saber que las consecuencias serán terribles. Al regreso de la noche de autos, David no puede aguantar los celos y se convierte en un marido celoso y pesadísimo que no deja de hacer preguntas, y además, el millonario es incapaz de olvidar a Diana y no deja de cortejarla. La muchacha no tarda mucho en poner en la balanza sus dos posibilidades: el millonario Robert Redford o el lerdo Woody Harrelson y obviamente en un suspiro planta al arquitecto y se va con el ricachón. Pero, ¡ay!, lo que hace el amor: el millonario le da todo lo que puede necesitar y se la lleva a la ópera, pero ella no puede olvidar esos momentos de perro, paseo y puesta de sol con el imbécil de David. Así que, al final, invierten el millón de euros en comprarse un hipopótamo en una subasta –en serio- y vuelven juntos. Y eso, por primera vez en toda la filmografía de Adrian Lyne, tiene un nombre: a-m-o-r.

 

Escena cumbre: tras su primera noche de suerte en Las Vegas (no perderán todo su dinero hasta la segunda), David y Diana vuelven a su habitación de hotel y echan un polvo sobre una cama llena de billetes. Mientras suena “No ordinary love” de Sade, Demi Moore se reboza cientos de dólares por sus tetas nuevas y por sus braguitas. Fue la imagen estrella de las campañas publicitarias y para la posteridad quedará como la imagen más representativa de la película.

 

Diálogo para recordar: mientras Diana se prueba un vestido en un casino de las Vegas tras perder su dinero, aparece John Gage y le da palique.

 

JOHN: Le queda perfecto. ¿Por qué no se lo compra?

DIANA: No tengo tanto dinero.

JOHN: Se lo regalo.

DIANA: ¿Quiere regalarme este vestido?

JOHN: Claro.

DIANA: ¿Por qué iba a querer regalármelo?

JOHN: He disfrutado mirándola. Se lo ha ganado.

DIANA: El vestido está en venta. Yo no.

 

Más tarde se tuvo que tragar sus palabras (y la polla de John Gage).

 

De aquí en adelante, Adrian Lyne se formalizó y pasó a realizar películas que la crítica tuvo en cuenta: “Lolita”, una hermosa y nueva adaptación de la novela de Nabokov con una Lolita mucho más joven y putita que la de la película de Kubrick, e “Infiel”, un thriller muy en su línea sobre una esposa y madre de familia que comienza un apasionado romance con Olivier Martinez. Lo siguiente, dicen, es un thriller con Tom Cruise, noticia de lo más negativa, pues seguramente la sombra de Cruise no dejará que Lyne desarrolle todo su genio creativo y no veremos a nadie con calentadores bailando al ritmo de Giorgio Moroder. En principio.

 


04 Mayo 2007

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